© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


viernes, 7 de septiembre de 2012

LA CIGARRA CANTÓ



Por: Pilar Alberdi

El chirimoyo es un árbol alto, magnífico, al que todos los que nos visitan continúan recordando años después.  
¿Qué edad tendrá? ¿Cuarenta? El chirimoyo crece a unos pasos de la tapia que da al río y la mitad de su copa tiende a bajar en largas ramas hacia ese lado. Cuando los frutos caen, explotan contra los cantos rodados y la tierra seca del río.
Bajo el árbol hay dos mesas largas y algunas más pequeñas.
También la barbacoa está a su lado. Mi padre hace allí sus pinitos de cocina; y mi madre amplía su horario de cocina para ofrecernos pescaíto frito o al horno, ensaladas y verduras variadas como corresponde a la típica cocina mediterránea.
Solo cuando canta la cigarra mi madre dirá:
—Ya está aquí el verano —antes no, aunque los días sean terriblemente calurosos.
El chirimoyo y otros frutales que hay en el terreno son los sobrevivientes de la antigua huerta que había en este sitio: «Huerta Julián». Con ese nombre se la recuerda, y es el mismo que le han puesto a un parque cercano a la urbanización. Junto a esa plaza se construirá un nuevo edificio para ambulatorio y la estación de metro.
La modernidad es así. Ha llegado antes de lo que muchos esperábamos. Ya casi no se distingue la distancia entre este pequeño pueblo y la capital. Y en los montes proliferan demasiadas urbanizaciones nuevas.  Dicen que en 20 años el pueblo será una ciudad con 100.000 habitantes, y que en el futuro todas las ciudades del mediterráneo formarán una megápolis.
Junto al chirimoyo, está la piscina.
En la piscina las personas más jóvenes de la familia se hacen aguadillas, juegan carreras de natación, suben a las colchonetas: una con forma de delfín y la otra de sofá. Otros años tuvimos una con forma de tiburón, y otra de cocodrilo.
Uno de los jóvenes antes de saltar a la parte más profunda de la piscina, grita:
—¡Bomba!
Y los demás ya saben lo que va a caer.
Se oye un estrépito. Y las últimas gotas del agua alcanzan en su vuelo las hojas más bajas del chirimoyo.
Nosotros aún sonreímos cuando «la bomba» aparece en la parte de sombra que da el árbol en la piscina, diciendo:
—¡Qué buena está! — y vemos cómo el agua le resbala por su cabeza rapada a cero y por el rostro brillante, mientras con las manos se frota los ojos y un instante después vuelve a sumergirse.
Los que están en la piscina comienzan a hacer planes. Es como si el agua hablase. Hacen planes para ir al cine, a la discoteca, deciden si irán a la playa más tarde, o sobre cuántos grados de protección solar y cuánta eficacia tienen  las cremas que han traído de la ciudad.
Alguien se queja del picor de unos pequeños granitos a causa del cloro del agua.
—Tranquilos —dice—, es un problema de todos los años. Si no se me pasa con la pomada antialérgica, iré al ambulatorio.
—Peor son los mosquitos —dice mi padre, mientras los demás lo recuerdan aplaudiendo el aire por la noche como loco o colocando mosquiteras.
Cuando uno de nosotros le comenta que en una próxima vida podría renacer como mosquito, contesta «vale» y continúa persiguiéndolos o defendiéndose según se mire.
Cuando los jóvenes comienzan a salir del agua es como si sus cuerpos pesasen más. Se tapan hasta la cintura con una toalla, o se las echan por los hombros. De cualquier manera, los dibujos y los colores de las telas de las toallas rara vez  hacen juego con sus bañadores. Da gusto verlos, así, guapos, jóvenes, despeinados, quitándose las  gafas de buceo y poniéndose las de calle, escurriéndose con la mano el cabello, riéndose aún de las aguadillas, y de las pistolas de agua con las que han jugado como si fueran niños.
Van subiendo por las escaleras uno a uno. Pronto se reúnen en parejas.
—¿A qué queréis jugar? —dice una—. ¿O queréis merendar? ¿Alguien quiere horchata?
—¡Pero si recién hemos almorzado!
—Da igual. ¿Quién quiere merendar?
—Yo —dice el último en salir de la piscina que ya está secando la espalda de su pareja mientras la sujeta por los hombros, la abraza, le dice algo al oído, y le da un beso en el hombro como quien deja allí una estrella.
Finalmente el agua se va quedando quieta tras el último pie que ha salido, y  vuelve a escucharse el sonido del agua de la fuente que está junto a la piscina.
En el aire hay olor a jazmín y madreselva. Uno de los jazmines ha subido por las ramas de un mandarino y lo ha ocupado por completo.
Mi madre es la que pinta la piscina todos los años. Siempre le promete a mi hermana que dibujará unos delfines, porque a ella le gustan. Lleva años prometiéndolo. Luego dice que no consiguió la cenefa con el dibujo. Yo creo que tiene miedo de que no le queden bien pintados, y es que así con la imaginación son más bonitos... Si ella pudiera decirlo, diría eso, exactamente, estoy seguro.
Mi madre igual que otras madres sabe hacer croché, cocinar,  también tiene una profesión, pero sobre todas las cosas lo que le gusta de verdad —estoy seguro— es pintar la piscina.
Lo disimula en las conversaciones telefónicas que mantiene con nosotros:
—De verdad, hijos, no sé si este año podré pintar la piscina.
Cuando nosotros comenzamos a llegar, rara vez podemos hacerlo todos el mismo día, a veces ni tan siquiera la misma semana, lo primerito que nos encontramos es a los padres, y lo segundo a la piscina recién pintada. Y es tan bonita, así, azul tan azul y llenita de agua.
Le decimos:
—Mamá, la piscina te ha quedado de maravilla este año.
—¿Tú crees? —pregunta ella—.No sé... No os vayáis a creer, que no en vano pasan los años por una. Y es que cada año que pasa estamos más viejos. ¿A que sí, cariño? —busca en los ojos de mi padre su asentimiento.
Sé que todos los años piensa lo mismo: que para qué se toma ella todo ese trabajo que se podría encargar a un pintor.
Pero no se trata de eso. Sino del rito. Ahora la cuna es una piscina para los hijos ya mayores. Ya rondan los treinta años. Ahora la tarde de la fiesta de cumpleaños de la reunión familiar tiene esa forma de cubo azul con agua.
Cerca de la fecha de nuestras vacaciones, a veces en julio, generalmente en agosto,  mi madre y mi padre van a comprar la pintura, pero todos los años cuando llegan a la pinturería tienen dudas sobre la clase de pintura que deben comprar.
Mi padre siempre recuerda que el bote del año pasado por alguna parte decía: «color azul mediterráneo».
El empleado pone cara de estar de acuerdo y pregunta:
—¿De caucho o al agua?
¡Los ha pillado otra vez! Como todos los años…
—¿De caucho o al agua? —repite mi padre intentando recordar...—. De caucho —afirma.
—Al agua —dice mi madre. Es al agua...
—¿Era o no era «color azul mediterráneo? —pregunta el dependiente mirándolos a los dos y esperando una respuesta inteligente—. Si es «azul mediterráneo»—dice el empleado—entonces es al agua.
—Al agua , claro que sí, seguro que es al agua —repiten mi madre y mi padre al unísono y se quedan por fin más tranquilos.
Ya tienen lo que iban a buscar. Y con ese calor...    «La calor…» como dicen en el pueblo… «La calor…» Ahora sólo les queda llevar todos esos kilos de pintura a casa.
—Te dije que teníamos que haber traído el carrito de la compra...
—No pasa nada mujer...  Yo llevo tres latas, y tú una.
—De eso nada. Dos y dos. Dos para ti y dos para mí.
El empleado sonríe mientras espera a que terminen la discusión para entregarles el ticket con el vuelto.
—Gracias hombre —dice mi padre recogiendo la calderilla.
Para mi madre lavar la piscina y pintarla es como preparar una tarta. La tarta de las vacaciones del verano para ir tentando a la familia y que vayan llegando. Además como en esa época es su cumpleaños, aprovecha para adornar ese día con farolillos y otros adornos que va anudando de una rama a otra del chirimoyo.
El día que mis padres comienzan a  llenar la piscina ya sabemos todos que estamos a punto de reunirnos. El agua se llena de flotadores y los perros viendo a esos monstruos de plástico moverse sobre el agua a causa de la brisa, no saben si  ladrarles. ¿Es lo que se debe hacer, no?
Cuando  por fin ya estamos todos juntos bajo el chirimoyo, nos contamos lo último de nuestras vidas.  Nos observamos. Vemos si alguien ha adelgazado, engordado, le han aparecido más canas, se le nota más contento o más triste... Intentamos captar un nuevo gesto en el rostro. A veces, nos sorprende un ademán. Una palabra, una frase. Incluso observamos cómo se lleva cada uno con su pareja.
Nos reímos. Reímos tanto bajo el chirimoyo que a un observador podría parecerle que el árbol da risa.
Sin cada uno de estos elementos, estoy seguro, el verano no sería lo mismo.
La piscina recuerda a mis padres días de cuando éramos pequeños y nos llevaban a la playa. Al inicio de su pareja eran tan pobres que mi hermano mayor que había conocido el mar cuando era un bebé no lo volvió a ver hasta que cumplió 8 años.  Mi hermana tuvo mejor suerte. Y yo también. Dicen que iba a todas partes en cochecito, aunque tuviera sólo unos días o unos pocos meses, aunque a decir verdad, yo no me enteré de nada. «Es que cuando fuimos todos juntos a Cáceres...» explican. Y si yo me sorprendo, aclaran: «Es que tú ibas en cochecito». De ese modo, al parecer, recorrí media España.
Sé que mientras nosotros nos bañamos y nuestros padres oyen nuestras voces de adultos,  recuerdan imágenes, sabores, sonidos, colores del pasado. Quizá de una playa de Galicia, o de Portugal...
Bajo ese árbol también hablamos del futuro. Y el futuro incluye a la piscina, por supuesto.
«Cuando lleguen los nietos...» dicen nuestros padres.
E imaginamos a esos pequeños seres dando palmitas en el agua bajo la sombra del chirimoyo, y mi padre va calculando y lo dice claramente que habrá que hacer una cerca alrededor de la piscina.
Así, aún antes de nacer ya protegen a nuestros futuros hijos.
A veces, mirando hacia la fuente donde se bañan gorriones, tordos y palomas, pienso que nosotros también hemos sido y aún somos para nuestros padres como pájaros.
En vacaciones, cuando vuelve el silencio a la piscina es porque nos vamos todos juntos al cine o a almorzar o a cenar fuera o a visitar otros lugares. Al final de las vacaciones, cuando nosotros ya nos marchamos a las ciudades y a los pueblos donde vivimos, entonces mi padre y mi madre comienzan a hablar de que habrá que vaciar la piscina que es como retirar la cuna,  dar por terminado los últimos restos de la tarta después de la fiesta... y nosotros nos dejamos llevar por nuestros coches.... para hacer nuestra vida, ir a nuestros trabajos, seguir con nuestras lecturas, escuchar música, hacer la nueva receta que han cocinado mamá o papá este verano, y pensar en la descendencia, y hasta quizá en casarnos ya que algunos de nosotros hace tiempo que vivimos en pareja, y en hacer el amor, por supuesto,  en hacer el amor y traer niños al mundo.
De los días que tiene el año, estos de las vacaciones son los más especiales. Incluso más que los de Navidad o Año Nuevo porque en esas fechas raramente logramos estar todos juntos.
Llegará el otoño. Y por el interior de la piscina resbalará la lluvia. Caerán las hojas secas. Y sólo antes de que vuelva a cantar la cigarra —aunque ya esté bastante avanzado el verano— mis padres irán a la tienda de pinturas. Entonces el  empleado les preguntará «qué clase de pintura quieren para la piscina» y volverá a empezar la historia de todos los años.


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11 comentarios:

  1. Una preciosa y tierna historia, Pilar. A mi me recordó la niñez y las reuniones familiares alrededor del cuenta-historias (que era mi padre) y encima luego nos recitaba unos poemas maravillosos. (hasta que se emborrachaba y luego ya no era el mismo)
    Un abrazo Pilar, y feliz domingo.

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    1. Muchas gracias, Frank. Eres quien eres gracias a todo aquello. Un abrazo y mi amistad.

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  2. Me ha gustado en relato. Aunque con distinto contenido, me ha traído el sabor y el color con los que disfruto cada año de la llegada del estío. Un beso.

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    1. Hola Koncha: tienes razón. Este tiempo es hermoso. El otro día un muchacho en twitter pasó un mensaje que simplemente decía: "Me gusta septiembre" y yo pensé "cuánto dicen esas pocas palabras". Saludos. en LA CIGARRA CANTÓ

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  3. Hola Pilar, decirte que me ha encantado darme un chapuzón en esta piscina y después merendar a sombra del chirimollo... Me ha gustado el relato, me has transportado a la escena y me ha hecho sentir bien. Gracias por compartirlo. Ha sido un placer.
    Un saludo desde unmomentodelectura.blogspot.com.es

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  4. Muchas gracias, Tony. Es agradable recibir tu comentario. El chirimollo que hace bien poco daba sus frutos, ya ha comenzado a renovar las hojas de su copa, y este vientecillo primaveral que azota hoy Málaga, lo ayudará a conseguirlo durante los próximos días.
    Un abrazo.

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  5. Me encantó en especial los cuentos, todo el escenario se grafica en mi mente, la naturaleza que me encanta también.
    Genial Pilar

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