© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


martes, 7 de agosto de 2012

LA ESCUELA DE LOS CABALLITOS DE MADERA


Por: Pilar Alberdi


En la escuela de los caballitos de madera se les enseñaba a estarse quietos. Los sacaban de un cedro, un nogal o un pino. Expertos carpinteros les daban forma y los sujetaban con clavos a un par de maderos
Después, permanecían días enteros en el escaparate de una tienda a la espera de que alguien los quisiese.
Sólo recibían algo de vida cuando una niña o un niño se montaba en ellos, les sujetaba fuerte de las crines, imitaba su relincho, y los ponía en rápido movimiento sobre el vaivén de madera, mientras sus padres les repetían nombres de leyenda como Rocinante o Bucéfalo, y les indicaban un lugar imaginario a dónde dirigirse.
Pero los niños olvidaban pronto esos nombres y rápido decían: «¡Arre,caballito!», «¡A la casa de los abuelos!», «¡A la mar!», «¡A luchar contra los piratas!» Y allá se iban.
Pero los caballitos de madera nunca les ponían nombres a los niños; no podían. Ni siquiera sabían consolarlos cuando alguien los humillaba con un reproche o un azote. Además, sólo algunos, unos pocos, acababan sus días dando vueltas en los tíovivos, en un “sube y baja” interminable para toda la vida.
Sin embargo, algunas noches, en sueños, los caballitos y los niños, lograban escapar juntos... Se marchaban lejos, muy lejos... Se subían sobre nubes de algodón, lamían golosinas que flotaban por el cielo, bajaban a tierra y se mojaban las patas en un río repleto de estrellas que habían quedado de la noche. Al salir salpicaban la hierba con agua y tomaban un poco de sol, mientras olían el perfume de las flores y la menta y veían como corrían las rápidas sombras de los árboles, una detrás de otra, sobre la tierra.
Luego, sucedía lo de siempre, los niños crecían, y sólo muy de vez en cuando, recordaban a sus caballitos de madera... Aquellos que acabaron sus días en un desván oscuro, en una hoguera de San Juan o en la basura.
Pero cuando los llamaban… ¡Ah, cuando los llamaban con su imaginación! Bastaba que pensaran: «¡Arre, caballito!» Y los caballitos siempre volvían. Porque un caballito de madera nunca deja abandonado a un niño, ni siquiera cuando este se convierte en un adulto.


Fotografia: derechos adquiridos en Fotolia.

15 comentarios:

  1. Un dulce, tierno y entrañable cuento, Pilar. Me recuerdas los interminables cuentos que me inventaba en un momento, en esas noches en que mis hijos, no querían dormir, y me pasaba una hora inventando de mil maneras, hasta conseguir que se durmieran. ¡Ay! lo que me hubiera ahorrado si hubiera tenido tus cuentos a mano, cuentos como este, de los caballitos de madera. ¡Qué recuerdos! Gracias, gracias Pilar, por tan lindos recuerdos que me has despertado.

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    1. Muchas gracias, Frank. Creo que seguimos siendo esos pequeños niños.
      Un abrazo.

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  2. El relato es precioso, y el final "Porque un caballito de madera nunca deja abandonado a un niño, ni siquiera cuando este se convierte en un adulto." es perfecto. Besos.

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  3. Lindo y tierno, de niña y de adulta, cuántos recuerdos!!!

    Un saludo,

    Olga

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    1. Sí, ¡qué tiempos aquellos! Muchos cariños, Olga.
      Nos leemos.

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  4. Respuestas
    1. Gracias, Sandra. Un gusto verte por aquí. Saludos.

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  5. ¡Precioso! Me ha hecho recordar mi primer poema que se llama precisamente "Mi caballito de madera".

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  6. Símplemente precioso.
    Te agradeceremos infinitamente que tu imaginación nos premie con cuentos tan bonitos como este.

    Ánimo con esta tarea tan bonita.
    Saludos, José Luis

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  7. Es el cuento de esta noche para mis niños. Qué bonito! Gracias!

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