© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


lunes, 11 de diciembre de 2017

ENSAYOS FILOSÓFICOS


El libro incluye cuarenta y dos artículos publicados estos últimos años. Si fuera de su interés, lo encontrarán en el siguiente enlace.

sábado, 9 de diciembre de 2017

TODOS SOMOS NECESARIOS


Pilar Alberdi

Llegan estas fechas de Navidad y Año Nuevo y entre la alegría y el jolgorio de quienes podrán pasarlo bien, están aquellos a los que falte lo esencial. En una sociedad secularizada, posmoderna, desengañada de los grandes metarrelatos salvadores, las migajas del cuento de Dios, recaen en estas festividades. Bellas canciones de hermandad, sonido de las campanillas de los renos de Papá Noel, luces en las calles, negocios exhibiendo los bienes más diversos, adornos para los abetos, esa serie de villancicos que aun siendo ya mayores recordamos y tarareamos con los hijos o los nietos, el placer de ver a los niños abriendo los paquetes con sus regalos, ese mal dormir por si no les alcanza el agua y la hierba a los camellos, esta mezcla entre lo superficial, la fantasía, lo profundo, el anhelo de comprensión. Y más, cuando en otras partes del mundo, estas no son sus fiestas, porque tienen otras creencias, igual de sublimes y esenciales, en tanto que la humanidad se ha hecho preguntas para las que anhela respuestas. Puedes continuar leyendo en el siguiente enlace a la revista Las nueve musas -Arte, ciencias, humanidades-.

domingo, 1 de octubre de 2017

JEAN FRANÇOIS LYOTARD: ¿POR QUÉ FILOSOFAR?


Pilar Alberdi


«¿Por qué filosofar?» esta es la pregunta. Encontramos la respuesta de Jean François Lyotard (1924-1998) dispuesta en cuatro lecciones, y todas ellas conducen a una cuestión: «pensar duele».
Vayamos por partes, la primera lección desarrolla la relación entre deseo y filosofía, y encuentra que la filosofía es el deseo desplegándose sobre sí mismo. La segunda, se ocupa del problema del origen de ese deseo que alimenta la labor filosófica; deseo que no existe en la Historia, sino en cada uno de nosotros como personas que intentamos vivir nuestro día a día. La tercera lección se preocupa por la palabra y su relación con la filosofía. La palabra como pensamiento, pero, sobre todo, como acción. La cuarta señala ese pensamiento radical esclarecedor que exige la transformación de la realidad y al que nos vemos abocados.
Lyotard retoma aquí cuestiones y preocupaciones que había expresado en otras obras. Por ejemplo, ese conflicto, por lo menos entre dos partes, siempre constante, que presenta en La diferencia; o el que se plantea en las condiciones del saber sobre las sociedades más desarrolladas en La condición posmoderna, en donde la ciencia entra en conflicto con los relatos y metarrelatos salvadores (utópicos), que ya no parecen tener espacio en el mundo actual, favoreciéndose su transformación en fábulas, debido a que la ciencia pasó a ser fundamento no sólo de sí misma sino de otras áreas del conocimiento y la realidad social. Para metarrelatos salvadores, el siglo XX; imposible quedarnos con los mismos en el siglo XXI.
Lyotard, en diversos textos y entrevistas ha intentado, pues, responder a la siguiente cuestión: «¿Qué es el valor, qué es seguro, qué es el hombre?». Cuestiona: ¿Podrán pensar las máquinas? ¿Estarán dispuestas a sufrir? Porque su definición es que «pensar duele». Pensar obliga a enfrentarse a lo que ha hecho aparición, a lo que exige ser meditado y cuestionado. No es, pues, un tema de repetición y calculabilidad sin sentimientos. Eso es otra cosa.
Todas estas cuestiones y más están presentes en el libro que nos ocupa. En el trasfondo subyace su preocupación de para qué sirve el conocimiento, además de «para ser vendido» y de «ser consumido para ser valorado», como si tuviera que justificarse por su «valor de uso», y no por el tesoro de ese conocimiento en sí.
Después de lo dicho, parece necesario que el filósofo se dedicase a la difícil tarea de preguntarse: «¿Por qué filosofar?» A la que opone en principio la respuesta más obvia, «¿por qué no?» que, a su vez, obliga a hacer nuevas preguntas.
La filosofía es ese duelo por la falta de unidad, idea que recoge de Hegel. Y aunque plantea si filosofar y desear van juntas, hay otros momentos en los que intuye que es la filosofía la que sigue al deseo, para acabar contestándose que no, que van juntas, que se despliega el deseo a través de la filosofía para encontrarse con lo Otro, lo que está más allá y no siempre alcanzamos a desvelar.
Durante el transcurso del ensayo también cita a Heráclito, que conocía bien ese tema de la pérdida de la unidad. Autor griego que también suele ser abundantemente citado por Hegel. Pérdida de unidad que siempre es comienzo de búsqueda de otra cosa. Porque en la discordia y la necesidad en que se desarrolla la vida, lo UNO es a la vez, unión y división. Y frente a esa realidad de lo absolutamente necesario, también está lo contingente, lo que surge por azar de la relación de los hechos, lo mismo ―y estos son ejemplos que toma del poeta Paul Claudel― un bosquecillo que la Torre Eiffel. Este mismo sentido, esa disparidad entre lo verdaderamente necesario y lo contingente, lo podemos encontrar también en ejemplos aportados por Castoriadis.
Ese sentido de la contingencia, de lo que no ha sido todavía, pero puede llegar a ser, lo enlaza con la idea de Dios, presente en los hombres, y con la de la palabra en busca de sentido. ¿Es Dios, la idea de Dios, del Dios cristiano, una especie de código de referencia que está ahí y siempre estará? ¿Hay, como intenta definirlas Claudel, unas «ranuras», por las que se puede percibir o se cuele ese tipo de conocimiento o si se prefiere de sensibilidad?
Dice Lyotard que las palabras solas no bastan, necesitan de sentido, y que es precisamente eso, lo que siempre busca contener la filosofía que siempre parece esconderse un punto más allá como si no se pudiera atrapar jamás. Pero el sentido y la palabra no pueden trabajar separadas, deben hacerlo juntas. Y como la palabra «cambia lo que pronuncia», ese sentido dado también afecta a aquel que va dirigido, y si me apuran, al que pronuncia. El sentido, por tanto, es lo importante; y las palabras su ayuda. Uno, a fin de cuentas, desde su propia individualidad, piensa socialmente. No es extraño, pues, nos dice, que «al mismo tiempo que uno se hace con la palabra, se hace con la persona». Y la palabra puede ser utilizada de muchas maneras y con muchos fines.
A Jean François Lyotard no le ofusca esta batalla de la filosofía en busca del deseo escondido. De aquello que está entre la gente (el deseo de lo que ha de ser, de lo que vendrá, de lo que esperan), sino que considera fundamental para la filosofía y con ello para la vida, rescatar ese sentido. Sin búsqueda no hay encuentro posible, no hay hallazgo, no se cumple esa Unidad, siempre en movimiento, siempre inconstante, desplegándose constantemente en un juego de voluntades infinito.
Pero ¿qué es la realidad? Es una realidad en permanente configuración, a la que unas cuantas estadísticas a modo de foto no pueden retratar. En este punto se percibe nuevamente la influencia de Hegel. Todo lo que hay son momentos y figuraciones. Wittgenstein tomará esto en cuenta tanto en el Tractatus como en Investigaciones filosóficas.
Resulta también relevante la crítica a un «existencialismo» que no aspira, según el autor, a ir más allá. Un vivir por vivir sin mayores expectativas. Ese vacío también llama a pensar. De ahí la cita de Hölderlin de que la filosofía comienza cuando Dios enmudece. Y comienza, permítaseme la ingerencia de esta apreciación, la lucha entre esos hermanos a los que llamamos Prometeo y Epitemeo; el primero, todo lo reflexiona, el segundo actúa sin pensar, tan comunes en la historia de nuestra humanidad.
Otros autores que cita, además de Heráclito, Hegel, Hölderlin o Claudel son Nicolás de Cusa, Alain y Marx.
Podemos, por tanto, resumir brevemente algunos de los importantes temas de fondo que propone en ¿Por qué filosofar? Además de la pregunta sobre por qué filosofar, el señalamiento del deseo que debe ser contenido por el sentido y expresado, si esto es posible, por la palabra. Vivir es también vivir con sentido, y también hace falta ponerlo en pie, saber que es, si se quiere llamar de este modo, una figura que nos invita a completar un ideal. Quizá otros lectores pueden ver otra cosa, en este libro, pero yo me quedo con esa idea de que «pensar duele». Y duele de verdad, porque pensar nos hace dignos de una conciencia a la que intentamos mejorar y de la que nos hacemos responsables. Pensar nos impide hacer lo primero que nos viene a la cabeza, aquello que nos beneficiaría frente a lo que haría más difícil nuestra vida.
Vayamos, pues, por partes: «el deseo» no es carencia. «Ese deseo es una potencia creadora». Es el deseo la que tiene a la filosofía como tiene cualquier otra cosa. El deseo, también es el encuentro con lo Otro; es deseo de lo que ya se tiene aunque no se sepa. Y este deseo a través de la palabra y la reflexión es “logos”.
El «origen de la filosofía», es pues, la pérdida de la unidad. «Hay que filosofar porque se ha perdido la unidad». Cuando se tiene todo resuelto no necesitamos pensar, lo hacemos cuando tenemos dudas. La filosofía nace del luto de esa falta de unidad. Es bueno tener dudas. Gracias al concierto de contrarios se logra el Todo, pero ese Todo no es fijo, se está configurando constantemente, es una especie de duelo permanente por la falta de unidad y ahí la labor de reflexión, del amor a la sabiduría impregnado de sentimientos, de intuiciones; lo que pensábamos ayer, hoy no nos vale. De ahí, esa sensación, añado yo, de no reconocernos en quien antes fuimos; ese deseo también de intuir quién seremos mañana. El tiempo fluye y nosotros en él.
«Logos», dice, Lyotard: «El pensamiento circula en las palabras y las mantiene juntas», pero esto no alcanza para encontrar el sentido, hay que buscarlo, hay que dejarse llevar por él, hay que esperarlo, hay que encontrarlo, lo tenemos que saber ahí. Todo habla: hay que saber escuchar y sobre todo hay que encontrar, percibir, expresar el sentido que dirige a las palabras. Lo que está más allá de las palabras.
«El sentido». «Cuando no encontramos las palabras, no es que sean ellas las que faltan a nuestro pensamiento, es más bien que nuestro pensamiento es el que falta a lo que le hace señales», el sentido. Dice Heráclito: «Oyéndome no a mí sino al logos». Por eso «Hay que oír ese sentido para poder decirlo».
«La palabra». Para Lyotard: «La palabra cambia lo que pronuncia»; lo hace visible, existente, lo desvela, lo pronuncia, pero también lo oculta. Expresa el filósofo que la «palabra viene de un lugar más lejano y profundo que el del hablante». Porta lo consciente y lo inconsciente, lo subjetivo y lo objetivo, trasciende, se revela, se muestra y se entrega; se anticipa. Si la palabra nombra a las cosas es para que adquieran sentido, son, en la medida en que son en oposición a otras. La lengua es una forma y no una sustancia. Es forma, hay que darle forma, creatividad, composicionalidad. La palabra conoce a quien la dice, quien la dice ha sido convocado al discurso, «el discurso filosófico no se pertenece a sí mismo, no se posee, y sabe que no se posee, y espera ardientemente no poseerse».
«Filosofía». Su valor está en que «arrastra más sentido que lo que ella quiere porque hace aflorar a la superficie sin designarlos, significados subterráneos y merece una audiencia similar a la del poeta o a la del soñador». La filosofía es más metáfora que concepto. «La filosofía procede de la irrealidad de la realidad», de aquello que está más allá de lo que busca ser dicho. Pero la filosofía nunca podrá colmar esa carencia de lo real. Si ese deseo se cumpliese, si esa carencia se colmase, no habría filosofía; la filosofía es en esa carencia de ser.
«Pensamiento y acción». Ambos van juntos. Ambos pueden servir a la tarea de la transformación del mundo. Para eso, el pensamiento tiene que ser acción en sí mismo. El pensamiento es el primer paso del resto de las posibles acciones. De ahí, como dice Jean François Lyotard: «Es posible la profunda analogía que hay entre hablar y hacer». Hablar y hacer como indicaba Marx deben buscarse mutuamente.
Pero aquí podríamos hacer un inciso, la de aquel motor inmóvil de Aristóteles, el que nos hace buscar la sombra si sentimos calor, beber si padecemos sed, huir si percibimos peligro. La naturaleza y el cuerpo, las relaciones con lo Otro, con los Otros, nos empujan a un hacer que no sabíamos íbamos a nombrar, a un actuar que no necesariamente pensamos.
En esta opacidad que es la realidad actual debido a la mundialización económica («globalización»), el enriquecimiento de unos pocos frente a muchos, la negación de derechos humanos fundamentales y el desastre ecológico, la filosofía tiene la necesidad de buscar el sentido de aquello que ya está entre la gente, aunque esta ni siquiera tenga conciencia de esos deseos, de cambio, de reforma, etcétera. Y también tiene la obligación de expresarlos.
El filósofo que expresa con convicción estas ideas, sin embargo, ve imposible una revolución proletaria porque «la razón se ha insertado en el capitalismo» y porque de producirse una revolución, siempre habrá una parte de la población que se convierta en casta para la otra. (Esa ha sido la gran lección del siglo XX). Y este problema de la «nueva casta» parece irresoluble. De ahí la gran desilusión de Jean François Lyotard frente a movimientos salvadores.
En suma, lo que nos ha dejado claro el filósofo es que «pensar duele»; lo compartimos.



Referencia editorial:
Jean François Lyotard ¿Por qué filosofar? Barcelona, 1989.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

LA VEJEZ



Texto y foto: Pilar Alberdi

A Ernesto, con cariño.

Me gustan los viejos que tienen la osadía y la gallardía de vivir hasta el final, es decir, sintiéndose «vivos». Y cuando digo «viejos», también estoy diciendo «viejas». Me gustan los que no se rinden, los que sintiéndose aún útiles y activos no quieren jubilarse. Me encantan las viejas que cuidan con esmero las plantas de sus balcones o jardines, y reciben a sus nietas y nietos con los brazos abiertos y los achuchan a besos y preguntas como antes hacían con sus hijos. Adoro a esos viejos, no galanes sino educados, capaces de dejar su asiento del autobús a una mujer embarazada. A mí me ayudan a colocar la cesta del supermercado en su sitio después de hacer la compra y calculo que es simplemente por simpatía con mis cabellos tan blancos como los suyos, no porque me perciban vieja.
Respeto a las personas como mi padre, a la que pregunté un día, en una residencia para ancianos, si para aquel hombre que estaba cerca nuestro y que ya no razonaba bien, tenía sentido, ahora que no podía recordarlo, todo lo que había hecho en su vida. Y mi padre, que era mucho más viejo que yo ahora, me contestó con un «sí» rotundo, entero como un círculo, como una «o», y eso que sólo le era posible afirmarlo con su rostro o sus manos ya que no podía hablar. Aprecio sinceramente a esas viejas como mi madre, con sentido de la belleza, capaz de hablarle a las flores y que decidió a los 70 años que iba a aprender a pintar cuadros al óleo. La admiro en su firmeza, en su sed de vida.
Me gustan esas viejas y viejos que encuentro por el camino costanero y que salen a caminar cada día para venerar la vida, incluida la suya.
Sonrío del «capital» que halaga a los jóvenes haciéndoles creer que son «lo más», cuando luego les recompensa con salarios de miseria. Quien quiera conocer a la verdadera juventud, sólo la encontrará en los viejos, no digo en todos; en muchos, en muchísimos. Por eso me gustan las viejas como yo que ni siquiera creen que valen más que un naranjo.
Parece que hoy era para mí, el día de los «me gusta», pero es algo que hasta nuestros nietos ya han aprendido bien. Cuando nos reunimos y cuando mi esposo o yo, las personas de más edad sentadas a la mesa, decimos: «Vamos a brindar», ellos dicen «¡Por la vida!».
Me gustan, por tanto, también las viejas y viejos escritores como Margaritte Yourcenar que esperó a la vejez, tomando notas toda su vida, para expresar lo que ella creía que podría ser el pensamiento cenital de Adriano; o los viejos como Tolstoi, que siempre portaba en su amplia camisola de «mujik», una libreta para apuntar lo importante, no fuera a suceder que la idea como una hoja de otoño se la llevase el viento.
Ayer, mientras caminaba tomé una foto a las gaviotas en la playa. Había treinta por lo menos. Si uno se acerca, ellas levantan el vuelo, y de verdad, creo que todos sentimos el deseo de acercarnos, aunque sepamos cómo atacan a las palomas. Pero seguí mi camino, viendo cómo la arena reflejaba las ondas paralelas que había dejado de madrugada la máquina que limpia la playa cada día. Y fue entonces, cuando por el camino pedregoso, unos pasos por delante de mí, entre flores de noche, lirios de mar y algunos cactus, cuando vi una pluma de gaviota que habría traído hasta allí el viento, no encuentro otra explicación, tan bonita, tan como de escritores de otra época, fina, gris con la punta negra, y sentí ante la sorpresa de ese pequeño tesoro lo mismo que los admiradores ojos siempre atentos de mi niñez sentían en una lejana playa, frente al Atlántico Sur, cuando la espuma del mar, a causa del viento, tan veloz en aquellas latitudes, se desgajaba de las olas y a veces corría rodando por la playa, sobre las abandonadas huellas de las gaviotas que, en ese momento, estaban en el cielo y chillaban.

miércoles, 30 de agosto de 2017

RELEVANCIA CRÍTICA DE LA SEGUNDA INTEMPESTIVA DE NIETZSCHE


El joven Nietzsche

Extractos del artículo:

"Nietzsche tiene el convencimiento de que no son los hombres los que pertenecen a la Historia, sino ella a estos. (Postura opuesta a la de Hegel). Para delimitar mejor este pensamiento dirá que la Historia sirve a un «poder no histórico» convencional, en el sentido de que se trata de generaciones y generaciones de personas que se suceden en el tiempo.
De este modo, y, según su criterio, la Historia está al servicio del ser vivo en la medida en que «es un ser activo y persigue un objetivo; preserva y venera lo que ha hecho, sufre y tiene necesidad de una liberación». En su reflexión afirma que, a estos tres aspectos, les corresponden tres especies de Historia: la monumental, la anticuaria y la crítica, defendidas tanto por distinta clase de instituciones como de individuos".



"En el fondo de la cuestión sobre el valor o el no-valor de la Historia del que trata la Segunda consideración intempestiva, Nietzsche, aspira a quitar la máscara de racionalidad con la que se cubre su época, que es ya también la nuestra, y las maneras que tiene de hacerlo o los diferentes modos en que intenta mantener su máscara.
Nietzsche, es lo que interpreto, no podría dar por válida la frase de Hegel: «El hombre es una doble conciencia, es natural y además se instruye», porque Nietzsche acaba de mostrarnos en esta Intempestiva que la conciencia es social, que está en grado sumo determinada por las instituciones y que lo que hace falta es un desvelamiento, capaz de desgarrar la aparente racionalidad, para hallar la irracionalidad subyacente y las creencias que la sustentan. En estas condiciones de ocultamiento prevalece lo mediocre frente a lo excelente, lo general frente a lo individual.
Para esclarecer qué ocurre, hace una comparación entre el hombre romano y el hombre del siglo XIX. Aquel se convirtió en un no-romano por fuerza de la convivencia con otras culturas y otras gentes. Algo similar le ocurrió al griego, pero mientras que aquel se sobrepuso, esto, la pérdida de su centro, acabaría con Roma. Nietzsche no incide en si ese contacto lo enriqueció culturalmente, sino en que se perdió a sí mismo, ante ese texto abierto y plural de la vida que pasaba página a página ante sus ojos, de ser fuerte se volvió débil, de tener un único pensamiento, descubrió otros. ¿Qué le sucede al hombre moderno? Lo mismo. Con la vista puesta en lo científico, «sus maestros en el arte de la Historia le presentan permanentemente el festival de una exposición universal». Ni siquiera las agitaciones públicas, las revoluciones o las guerras pueden alterar esta visión, pues rápidamente son narradas, editadas, impresas y pasan a los libros de Historia. La Historia es; cualquier cosa que pueda suceder, se convierte inmediatamente en Historia.
Frente a ese altar, nadie se muestra como es realmente. Todos se presentan bajo la máscara de lo que dicen ser: «un hombre culto, científico, poeta, político». Es lo «convencional» lo que domina e impregna la convivencia, de tal modo que hasta la comunicación se deteriora. Respuesta que aprendió Nietzsche de Wagner, sobre por qué la música había llegado a su punto máximo en la Modernidad, como nexo de unión de lo que ya era imposible reunir con las palabras. Decir «yo, un ser humano», no tiene valor sin la máscara de la convención. Así desaparecen las «personalidades» , aunque más que nunca se hable de ellas, y aparece el hombre común, el igual y semejante a todos.
Lo que se cuestiona y parece que esto lo afirmó Schiller es la capacidad en esa época y nosotros añadiremos en la nuestra, de negar lo obvio, aquello que un niño puede ver claramente. Pero negar lo obvio es pensar como la mayoría y esto tiene su premio, el de la apariencia convertida en «comodidad general», en norma, en anonimato, aspectos de los que Nietzsche, reniega".


"En tiempo de máscaras, todo son máscaras. Así, aproximadamente, lo ve Nietzsche. Y en estas condiciones, los filósofos no escapan a esa condición, por una razón sencilla, han sido llamados (aceptados) en las instituciones para defender unas ideas que transmitirán básicamente a sus alumnos, sus discípulos y a la sociedad. Si escapan a esa pretensión, pueden sufrir las consecuencias. Por ejemplo, Fitche acusado de ateo y destituido de su cátedra en Jena. Lugar que ocupó Hegel y a quien se considera representante de la Restauración.
La filosofía también es ideología. Como dirá Lyotard, la filosofía es parte del acontecer que ella misma ha ayudado a crear y en cuyo centro vive como ideología. Un siglo antes Nietzsche clamaba: «¡En que situaciones falsas, artificiales, tiene que caer la más veraz de todas las ciencias, la sincera y desnuda diosa filosofía en una época que sufre de cultura general!» (…) «Todo el moderno filosofar es político y policíaco bajo la rienda de los gobiernos, las iglesias, las academias, las costumbres, y reducido por la flojedad humana, a un barniz erudito».

Puedes leer el artículo completo en La caverna de Platón siguiendo este enlace.