© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

jueves, 17 de noviembre de 2016

ÉTIENNE BONNOT DE CONDILLAC: EL ORIGEN DEL LENGUAJE



Pilar Alberdi

Me parece extraordinaria la figura del abad Étienne Bonnot de Condillac (1714-1780).
Vivió en una época en que el nacimiento de los Estados, frente a las anteriores monarquías; el auge de las lenguas nacionales y la necesidad de elaborar sus gramáticas, más el desuso del latín como lengua culta, facilitaron la pregunta esencial: ¿cómo fue que el hombre accedió al lenguaje y qué representa este?
Con una obra que destaca por su sencillez, claridad y economía abrió con sus escritos un camino hacia el pasado, pero no sólo eso, dejó para sus contemporáneos y para la posteridad una detallada explicación sobre el lenguaje como «método analítico».
Juan Jacobo Rousseau, autor entre otras obras del Discurso sobre la desigualdad social, dijo de él: «Había trabado amistad con el abad de Condillac que como yo, no era nadie en la literatura, pero que había nacido para llegar a ser lo que es hoy. Soy el primero, quizá, que vio su talento y lo estimó en lo que valía». Lavoisier, uno de los principales protagonistas de la «revolución científica», elogió a Condillac en su Tratado elemental de química. Allí agradeció lo que recibió tras la lectura de sus obras, destacando que gracias a él comprendió, que «el arte de razonar no es más que una lengua bien hecha».
Por todas estas razones y porque sé, que para una gran parte de los lectores, la obra de este pensador es desconocida, intentaré resumir en pocas palabras lo fundamental de su pensamiento.
Imaginemos a nuestros ancestros. A los primeros o a aquellos de entre los primeros. Están en un mundo apenas habitado y necesitan organizarse. Hay que cuidar de la prole, salir a cazar o recolectar frutos, actuar frente al medio.
Es verdad que pueden expresar sonidos con los que mostrar su dolor, alegría, esperanza o duelo. También algunos gestos, les servirían; tal vez dibujos elaborados sobre la tierra u otros elementos. Seguramente, la música que el hombre ha escuchado junto al curso de un río, en la llovizna y el viento, ya le ha hecho dar los primeros pasos de una danza.
Nos dice Condillac que aquellos sujetos al enfrentarse a la realidad de la naturaleza, lo primero que distinguieron fue, lo estoy diciendo con mis palabras, que se producían acciones. Es verdad que tenían el sonido para expresar la alegría de ver un animal que necesitaban cazar. Pero también había llegado el tiempo de “instituir” palabras. Es decir, aceptarlas de mutuo acuerdo para señalar aquello que querían designar: el sol, los animales. Al animal, casi con seguridad intuye el abad, le pondrían un nombre similar al sonido que emitiese. De este modo, el signo, comenzó a representar a aquello que designaba, estuviese cerca o lejos, fuese visible o no.
Lo que estaban haciendo es ver una secuencia y definirla; a esto Condillac le llama «lenguaje de acción». Cada escena que enlazaban con otra, por ejemplo: un animal que corría hacia un determinado lugar, constituía una secuencia, estipulaba un orden de los hechos, y cada acto que definían con «sonidos articulados» establecidos por convención, iba dando lugar al lenguaje. En la mayoría de las lenguas antiguas se pueden ver los ecos de la importancia de la acción nombrada por el verbo. Así, nos dice Condillac, al principio dirían «fruto querer Pedro» en lugar de «Pedro quiere un fruto», esto llegaría más tarde.
A estas escenas narrativas, Condillac las denomina, como hemos comentado, «lenguaje de acción». Cada una de ellas suponía un pensamiento elaborado. Poco a poco, la necesidad obligaba a dar más nombres a las cosas. Así, sin pretenderlo estaban elaborando una lengua y un sistema analítico al mismo tiempo.
Si hay un lenguaje innato es el de su posibilidad, dirá Condillac. La naturaleza nos ha dotado con un aparato fonológico adecuado para tal fin. El oído complementa la realización. El resto de los sentidos colaboran a que sea posible la comprensión y el discurso a través de las percepciones.
Nuestros ancestros miraban la pradera y esta les hablaba, les daba lecciones de cómo era el mundo y ellos tomaban nota. Así, el niño que nacía, gracias al lenguaje que se iba elaborando al mismo tiempo que el método analítico que portaba y secuenciaba, adquiría la experiencia de generaciones previas en su forma de relacionarse con el mundo y de interpretarlo. Lengua y análisis se complementaban. Pero, como bien indica Condillac, aquellas personas no tenían conciencia de estar creando una lengua ni de utilizar un método analítico. Y aquí surge la pregunta. Pero ¿lo tenemos nosotros? ¿Cómo se enseña la lengua en los colegios, se les instruye con historias como esta? ¿Se la ofrecemos como algo siempre vivo, modificable, en permanente proceso de configuración o nos conformamos con que sepan ajustar la palabra adecuada a la cosa, aprendan a leer en el tiempo que se estima pertinente y escriban con pocas faltas de ortografía? ¿Saben ellos que desde el momento en que comienzan a hablar y consiguen dominar su pequeño mundo con palabras ya están utilizando un método analítico o se encontrarán con esta palabra en la secundaria, sin saber que la han estado usando toda su vida?
¿Acaso, les explicamos que son los poetas y los escritores los que pueden elevar una lengua? Que son ellos los guardianes, al menos antes, cuando el nivel literario podía llegar a ser excelso. ¿Les contamos que está demostrado que en épocas de crisis sociales graves, la lengua puede tomar altura gracias a unos pocos escritores que mostrando la realidad desde la poesía y la narrativa la renuevan y con ello al pensamiento, como ocurrió en el Siglo de oro español?
Hay una crítica de Condillac a los filósofos por su darles vueltas a las palabras y los conceptos, y por querer aparentar un modo enteramente suyo de pensar, cuando el pensamiento es de todos y el método analítico que lo sustenta idéntico.
Pero por si esta crítica pareciera pequeña, que no lo es, Condillac reclama para la Naturaleza, la maestría de la enseñanza. Ahí estaba ella poniendo la vida en acción: el sol, la luna, las estrellas, las manadas de animales, los grupos humanos, la caricia que lleva al amor, la flecha que atrapa la presa. Y el hombre sólo tuvo que estar atento, escuchar lo que la naturaleza le decía, mirar en esa enorme pizarra de colores y nombrar las cosas para poner un orden.



Notas:
Obras de Condillac que han servido de referencia para este artículo: Ensayo sobre el origen del conocimiento humano, Lógica, De la influencia de las lenguas.
Foto: tomada el pasado mes de abril en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid de copias en papel de arte rupestre.

viernes, 11 de noviembre de 2016

PAUL VALÉRY: FILOSOFÍA DE LA DANZA




Por: Pilar Alberdi

«Se reúnen aquí tres textos en los que Paul Valéry busca desentrañar el misterio de la Danza, un fenómeno humano que lejos de ser mera diversión es un arte merecedor de todo el respeto por cuanto, entre otros valores y méritos que le son propios, reflejaría mejor que otros el misterio mismo de la creación artística».
Los tres textos de Valéry se corresponden con una conferencia pronunciada en un centro cultural francés a modo de presentación de la bailarina española, Antonia Mercé y Luque, conocida como La Argentina; el segundo corresponde a un capítulo de su obra Degas Danse Dessin, y el tercero, es un diálogo a la manera platónica, a través de las voces imaginadas de Sócrates, Fedro y Erixímaco.
Acompañan a los textos varias imágenes correspondientes a frescos, estatuillas y pinturas de bailarinas de tiempos griegos, romanos y actuales.
El libro lleva el título del primer texto. Con la habitual elegancia y distancia estética, siempre contenida, filosófica sin duda, que le caracteriza, Paul Valéry, sabe entrar a explicar qué es la danza, por qué atrae y estimula, porque es un regocijo para el espíritu de materia siempre tan delicada. Probablemente intuye que para una corta introducción que de paso a la danza de una bailarina, aunque se hallen en un salón cultural, no debe dejarse atrapar por la otra melodía, la de las palabras, que le llevarían a otra danza que conoce bien. Sin embargo, tiene claro que la danza «no se limita a ser un ejercicio, una diversión, un arte ornamental y, en ocasiones, un juego de sociedad». Recoge también un exceso de potencia, de vigor, de deseo de ir más allá de los pasos habituales, de exuberancia.
«Nuestros actos son finitos», dice. Sabiendo que unos nos llevan a otros sin cesar. Se admira de los animales que no se desasosiegan, que saben prestar atención a lo que sea verdaderamente fundamental para ellos. Piensa en esa vaca que pasta en un prado, a la que llega el murmullo de un tren para el que no dispondrá ni su mirada, mientras su hocico vuelve a tocar la húmeda hierba. En la vida de los hombres todo les distrae, lo superfluo y lo importante.
Pero, ¿los animales no danzan?, se pregunta. Por supuesto que sí, a su manera. Ahí, los juegos de los cachorros, el galanteo de los adultos; también, sí también, nuestro ideal antropomorfo confiriendo cualidades humanas a todo. ¿Serán juegos o cómo deberíamos llamarles? ¿Es danza? Entonces, ¿qué tipo de danza?
«Le parece que esa persona que baila se encierra, de algún modo, en una duración que ella misma crea, una duración hecha toda ella de energía instantánea, hecha de nada que pueda durar». Lo que desaparece, eso es la danza. Forma parte de esas cosas que son sublimes, que pueden repetirse pero que nunca serán iguales, que evocan, que crean mundos mágicos igual que la música. «Ese cuerpo parece haberse desprendido de sus equilibrios habituales», explica, «recuerda una peonza que gira sobre su punta y que reacciona con viveza ante el menor golpe», y luego, todo ese imprevisto que no es tal, que es cuidada perfección practicada cada día para que parezca espontánea.
Tuvo que ser glorioso ver bailar a La Argentina después de oír palabras que portaban la danza, que la asumían letra a letra, que deleitaban ya por su melodía.
En el segundo de los textos volveremos a sentir con renovada intensidad cómo la danza es exuberancia de vigor, cómo esos juegos de figuras parecen detenerse y con ellos detienen también el tiempo, cómo lo mágico sigue de puntillas a los bailarines, y cómo el «placer de danzar» se une al «placer de ver danzar».
Finalmente, el diálogo que ocupa el tercer texto, permite al escritor expresar sus opiniones a través de otros alter egos.
Al leer estas páginas, he recordado otros aspectos sociales que no están expresados aquí, pero que necesitarían su tiempo de análisis. La importancia de los bailes populares, y aquellas primeras danzas de la humanidad que como un lenguaje simbólico cruzaron generaciones.
También he recordado un dato que leí hace poco tiempo. La visita de Luis XIV a territorio español, en 1660, para asistir a un casamiento real en Lapurdi (País Vasco), provocó que viese cómo se le rendían honores a través de danzas vascas. Así, cuando en 1661, este monarca decide la creación de una academia real de baile, manda a llamar a los danzantes que había visto, y de ahí, que la danza académica incluya en las danzas de ballet, dos pasos que aportaron aquellos bailarines de Lapurdi, el «pas de basque» y el «saut de basque». Porque la danza es también y muy especialmente, comunicación y los aportes de unos y otros pueblos se pueden encontrar en aquello que hoy podemos apreciar con alegría.

Palabras de la contraportada:
«Ese cuerpo que baila parece ignorar lo demás, parece desconocer todo lo que le rodea. Es como si se escuchara a sí mismo y nada más que a sí mismo; como si no viera nada y sus ojos sólo fueran unas piedras brillantes, esas joyas desconocidas de las que habla Baudelaire, luces que de nada le sirven.
Será que la bailarina está en otro mundo, que no es el que se aparece ante nuestros ojos sino el que ella teje con sus pasos y construye con sus gestos».

La editorial: Casimiro libros. www.casimirolibros.es
Podrás encontrar esta obra en librerías a partir del 14 de noviembre.

viernes, 30 de septiembre de 2016

LA NOVELA DE LA QUEJA




Pilar Alberdi


Son las seis de la mañana y mientras espero a que amanezca para salir a caminar, veo luz en las ventanas de las casas de enfrente, a las que habitualmente llamamos «la casa amarilla» y «la casa rosada». Mientras tanto, en la calle lateral, en «la casa blanca», el gallo de otra vecina canta y nos trae un rumor a campo. Comienza temprano, antes de que haya una ápice de luz o una «mijilla» como dicen por aquí, en Málaga, es decir sobre las 5:05 AM, y a mí me gusta saber que está ahí, con su reloj natural compitiendo con nuestros modernísimos despertadores, ¿o deberíamos llamarlos «amansadores»? A fin de cuentas son esa especie de látigo con el que nos levantamos cada mañana.
Hoy quiero hablar de un tema que me preocupa y al que llamo, así me he oído definirlo esta mañana, mientras lo comentaba con otra persona, como «la novela de la queja». ¿Qué tipo de obra es esta? ¿A qué me refiero? Se trata de una narración, generalmente en primera persona, en la que, en primer lugar es casi imposible, en realidad es imposible encontrar un oxímoron, una comparación que deleite o sorprenda, una personificación, en fin, algo que nos remita a los recursos literarios o estilísticos de los que tan buen uso hicieron anteriores escritoras y escritores, que si por algo hablamos de literatura es porque, además de contarnos historias, la forma de expresión quiere escapar a la común, pero no solo en la forma también en el tema.
Para mí, lo más asombroso de este tipo de escritura, ahora que se puede aprovechar que algunas editoriales permiten la lectura de las primeras 10-20 páginas de las novelas que ofrecen, es que el narrador o narradora ya sea francés, inglés o chino, suene igual y se enrede verbalmente en un decir de pocas cosas, reiteradas una y otra vez, que nos recuerda la vieja historia de un trompo que una vez lanzado en un cierto lugar da vueltas y vueltas hasta que al fin se detiene. Tengo para mí que estos autores han tenido suerte de publicar demasiado jóvenes y se han olvidado de leer a los clásicos. Voy a poner un ejemplo, si comparo tres de los últimos escritores que he mirado (lo dicho, esas primeras páginas que ofrecen algunas editoriales…) y en algún caso, algunas más, encuentro a una escritora que habla de su día a día, un inglés que nos relata escatológicamente su vejez, porque evidentemente es la suya, y un chino que es incapaz de ofrecerme la idea clara, por ejemplo, de lo qué es un arrozal. Precisamente él, que debería poder transmitirme esa cuestión como el que más o al menos describirme la emoción o el tipo de sentimientos que conlleva ese concepto en lo que fue la vida del personaje en una aldea, símil de la que fue la del autor en la suya.
Mi interlocutor, apabullado por mi discurso mañanero, me pregunta si no será un problema de traductores. Creo que con buen tino ha evitado preguntarme si he dormido bien. Por supuesto que he dormido bien, añadiría que muy bien. Por tanto, contesto que no, que no creo que sea una cuestión de traductores, sino de «parecidos».¿Algo se vende? Entonces parece que surge una orden que dice: «haz más de lo mismo», incluso, «plágiate a ti mismo». ¿Y el estilo? «¡Ah, eso!», dirán algunos, «pertenece al pasado». El estilo parece en estos casos simple repetición. Podría decir, sin mucho temor a equivocarme, que la suerte está echada. ¿Es prosa? Sinceramente parece exagerado llamarla así, «¡prosa!», si hasta parece que le cae pomposa la palabra, puro arrebato de un barroquismo inexistente. Además si uno mira el significado de «prosa» en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua puede quedar alelada, en la primera acepción se refiere a palabra habitual y en la sexta a palabrería. ¿Estaré yo equivocada en mis apreciaciones o estarán otros? Pero sin extendernos más sobre la palabra en cuestión, parece, además, que tampoco se llevan los «sentimientos», eso a mí me lo dijeron hace mucho, pero tuve la suerte de no haberlo creído nunca. Mi suerte ha sido, precisamente, la de intentar ser coherente, algo muy difícil en estos días.
También hay un tema de valores, probablemente, sí, sin duda. A la escritora que se ha quejado de realizar tareas domésticas cuando preferiría estar escribiendo y, me pregunto, a qué mujer escritora o con otra profesión o con otros deseos de hacer cosas no le ha pasado eso, que se ha realizado un aborto en condiciones difíciles, qué mujer que haya optado por esa opción no ha pasado por una situación dramática, que ha engañado a su marido con un amante, que se ha quejado de sus hijos, a esto últimamente le llaman el «salir de algunas madres del armario», que ha reconocido por fin cuál era o no era su clase social, aquella de la que salió y a la que devuelve, no vuelve, entiéndase bien, un reconocimiento, la llaman feminista, valiente e independiente. Al inglés, no sé que le llaman, no tengo esos datos, y al chino tampoco.
Pero, la pregunta esencial es: ¿estamos hablando de valores o de quién impone los valores o mejor «determinados criterios» que han de ser reverenciados porque parecen hijos de la época, porque tienen mucho de «postureo» o porque se ponen de «moda» y eso vende?
Con respecto a la literatura francesa, sinceramente, añoro ese pozo profundo de tesoros escondidos que podía darnos Margaritte Duras en El amante. En un artículo que salió en prensa por aquella época en un periódico español, ya ni me acuerdo el nombre del autor, la llamaron «la gran puta». En fin, todo lo que ha llovido desde entonces. Nadie se atrevería a decir algo así hoy en día. Incalculablemente grandiosa, mi querida Margeritte, y qué no podríamos decir de Colette, maravillosa también, con un mundo propio como pocas, o Margaritte Yourcenar, esa francesa de ultramar que no escribió su mejor libro hasta que tuvo la edad de su personaje, aunque se pasó toda la vida tomando notas y estudiando al protagonista de su novela. El resultado: Memorias de Adriano.
Sí, estoy de acuerdo, todo depende de la opinión de cada quien. Así que dicho lo dicho y reflejada aquí mi opinión, la opinión de quien esto suscribe, una siente que algunos han olvidado lo que debería ser la literatura, al menos aquella que se espera que sobreviva al tiempo del vecindeo o de las pláticas frente a las frías paredes. Y ya no quiero acudir al Diccionario de la Real Academia de la Lengua para leer qué dice sobre «literatura» porque me puedo llegar a dar un susto. En fin, voy, y qué encuentro en la primera acepción: «Arte de la expresión verbal», bueno, no está mal si dentro de la palabra «arte» cabe todo lo que imagino.
Sinceramente, lo cierto es que aquello de inicio, nudo y desenlace también está desapareciendo. ¿Dónde están las grandes obras? ¡Quien lo sabe! De vez en cuando aparece alguna, solo muy de vez en cuando.
A veces, hay que tener cuidado con los consejos de los escritores, Stephen King pedía quitar los adverbios, y prefería las frases cortas. ¿Las hace mejor ser cortas? No. En la variación estará el acierto. Ya por quitar, hoy, lamentablemente se quitan hasta los adjetivos. Hay quien insiste en frases sin sustantivos. ¿Y qué queda? Esto al margen de quienes no ponen signos de puntuación, ni comillas o guiones de apertura de diálogo. ¿Con qué palabras se dirán los hechos, cómo se reflejarán los puntos de vista y las emociones? «¡Mon dieu!», pienso.
En fin, lo primero que debemos recordar es que ya casi nadie lee, y esto nos consuela menos que todo lo anterior, que la filosofía ya no se da en los institutos, por tanto, pronto se pensará menos, y lo segundo que este tipo de obras, las de la queja, está dirigida a gente que tiene todo el día la cabeza baja mirando en sus teléfonos móviles los mensajes de WhatsApp y otros programas, donde se utilizan frases cortas y palabras incluso recortadas. ¿Entonces? Evidentemente, toca resistir. El gallo de mi vecina lo sabe y yo también, los dos nos acostamos a la hora en que lo hacen todas las gallináceas, como ordena sabiamente el refrán, para levantarnos muy temprano sintiéndonos (algunos días especialmente) verdaderas águilas.
Así me debía sentir yo esta mañana cuando mi interlocutor me escuchaba antes de amanecer toda una larga disquisición sobre la literatura y lo que he dado en llamar «las novelas de la queja».
En fin, más tarde, después de mis cinco kilómetros de caminata mañanera, regresé más sosegada. ¿Qué me consoló? El mar, por supuesto. En el trayecto me crucé con unas treinta y cinco a cuarenta personas, intercambié algunos saludos con los conocidos, miré con simpatía a los perros que llevan a pasear diariamente a las personas y también a algún gato solitario, vi un velero de unos veinte metros de eslora a pocos metros de la playa y pensé qué agradable sería estar ahí, durmiendo todavía, mecidos por las olitas como en una cuna y al mediodía desprenderse de ese crisol de bienandanzas marinas, de esos sueños, y bajar con una barca a la playa para almorzar en un chiringuito, y luego volver y seguir viaje, o al menos continuar con alados y brillantes sueños marineros.
Por último, recogí algunos bulbos que regalaban en sus tallos mustios, después de la floración del verano, unos lirios bellísimos que nacen justo al borde de la carretera de tierra y grava, ya del lado de la playa, o del otro lado junto al césped que intenta crecer a modo de vereda frente a la primera línea de casas. Así llegué, como siempre, hasta un pequeño varadero que hay por el camino de la costa hacia el Este, y allí volveré otra vez mañana, probablemente, con otros pensamientos.
Por el camino, una pequeña hoja de dibujo cuadriculado, cubierta en parte de polvo, que estaba a punto de pisar, logró que me detuviera un instante. Mostraba escrito un número de teléfono, y claro, fue fácil y ustedes lo comprenderán sentir la tentación de levantarla, llamar a ese número o simplemente no llamar y… Sí, lo han adivinado, cuando vi la clara invitación a escribir una de esas «novelas de la queja», a tirar de ese hilo en el que se adivinaba una historia en las que yo también podría caer irresistiblemente, desistí. Evidentemente, no sería difícil empezar un tema por ese punto y volver al día siguiente para saber si el papel seguía allí o si otra persona tuvo la misma idea y lo levantó. En fin, era tan clara la tentación y a la vez la amenaza de escribir por escribir, que como comprenderán no caí en ella. Espero ideas mejores.
Lo dicho: mañana será otro día, y el gallo y yo, ¡qué duda cabe!, que nos acostaremos temprano como las gallináceas volveremos a levantarnos con la sensación de ser dos águilas.

sábado, 17 de septiembre de 2016

EL VOTANTE FRUSTRADO



Pilar Alberdi

El votante frustrado tiene el mismo rostro en todas partes. Se puede llamar Lucía o Juan o tal vez Antonio o Rosario. Da igual. Se le reconoce fácilmente: es el que se acerca a las urnas con paso titubeante, como si se tratara, ese artefacto de plástico transparente ante el que se presenta, de una eventual bomba de relojería capaz de estallar unas horas después.
El votante frustrado, todo hay que decirlo, no tiene necesariamente rostro de votante frustrado, pero como el que es tímido tiene esa sensación de que todos lo saben, de que algo le retrata, quizá la forma en que mira las papeletas o la forma en que ha cerrado a su espalda la cortina de la pequeña cabina electoral; el votante frustrado, intuye, percibe la sensación de que los ciudadanos que se encuentran tras la mesa electoral y que mirarán su documento y dirán su nombre en voz alta, lo saben.
No se siente único, pero si tremendamente desengañado. Se pregunta si la pérdida de su fe es obra exclusivamente suya por tanto pensar o por estar atento a lo que se dice en los medios de comunicación, a los que desmenuza entreviendo los intereses que defienden y, por eso, no con cierto resquemor admira, no sabe si esta es la palabra adecuada para lo que quiere describir, a los que son fieles a un partido, quizá el partido de toda su vida, aquel al que comenzaron a votar cuando por fin cumplieron la edad de conducir un coche.
Los partidos, se han levantado siempre sobre altares en donde se dividía lo más sagrado, la unidad, frente a un «nosotros» y un «ellos».
Observa esto que se ha dado en llamar democracia representativa y su situación le impide dejar de hacerse más y más preguntas: ¿de verdad estamos ante una democracia o más bien deberíamos hablar de formas cercanas a oscuras timocracias? Tiene miedo de que se le desmoronen los muros del templo ideal en el que había creído, porque ella o él, en el fondo quiere ser creyente: «Haz como tu vecino. Mira qué feliz va tu vecino o tus compañeros del trabajo o algunas de tus amigas a votar. Ellos votan felices o con ira, pero tú, mírate, tú votas con el corazón encogido, frustrado, ¡claro que sí!, ¿a quién vas a votar? Has comenzado a perder el respeto a quienes con altos sueldos y grandes beneficios, se pasan el tiempo mirando sus teléfonos móviles en sus butacas del Congreso de los Diputados o en el Senado».
Es verdad que al votante frustrado se le podría llamar escéptico, sí, cuando uno pierde una cierta clase de fe, la que sea, en qué o quién sea, se vuelve escéptico, y deja que la forma exterior, la inercia pura del movimiento, ocupen su lugar, sin participar de ello.
Bien saben los desesperanzados lo que darían por una esperanza, especialmente por esa clase de esperanza que habla de verdadera solidaridad, pero ni siquiera escrita así con minúscula, sino con mayúsculas.Así piensan él o ella, los Rosarios o los Antonios de turno de la Historia.
En realidad, el mayor temor de un votante frustrado no es encontrarse con otro que lo es, a fin de cuentas «un viento reconoce otro viento» como dice el refrán, y juntos se saben vivos, sino con uno que no lo sea, que se mantiene activo en un alarde de gestos y consignas y reverencia al jefe o jefecillos de turno.
El votante, la votante frustrada sabe que ha perdido el horizonte de esperanza, pero no su territorio personal sobre el cual se sustenta y puede pensar. Pensar le hace más libre pero no más efectivo en sus deseos.
Hace ya muchos siglos, Francis Bacon, un entusiasta de la ciencia y de todo lo que esta pudiera ofrecer esta en el futuro, se quejó de los «ídolos». Según él, había cuatro, los de la «tribu» (las ideas recibidas), los de la «caverna» (la personalidad como resultado del ambiente), los de la «plaza pública» (interpretaciones, mentiras, mediasverdades), y los del «teatro» (las opiniones de lo que se considera «autoridad» y que se aceptan acríticamente). Admirable la sabiduría de aquel señor sobre temas que hoy muchos ignoran todavía, pese a tenerlos frente a sus ojos. Entonces, la votante, el votante frustrado, llega a la conclusión de que el ser humano no ha cambiado nada desde la época de los griegos, o de Cristo, o de las gentes que habitaron el Creciente Fértil (Mesopotamia) y comenzaron la domesticación de plantas y animales hace 8.500 años, o los de aquellos homínidos, antecesores nuestros, que se reunían en cavernas, frente a las brasas de un fuego acogedor, mientras cuidaban de sus crías.
El votante frustrado piensa en estas cosas y en más, mientras ve que llega el día que debe ir a votar.
Allí, en la sala de un colegio que se ha convertido por fuerza de las circunstancias nuevamente en «colegio electoral», fija su mirada en la urna que va colmándose de sobres, que va cobrando vida a medida que se llena, que le invita a hacer lo que hacen los demás, sin dilaciones; y sí, votará, por supuesto que votará, su mano soltará el sobre sobre la ranura porque su vida está en la unión con las demás personas, pero también sabe que estará votando entre las cuatro opciones que le han dado para votar, y votará, crítico como el que más, pero votará, para volver a sentirse unos minutos después, un votante frustrado.



© Foto:Web Elecciones generales 2016

viernes, 9 de septiembre de 2016

PIERRE-AUGUSTE RENOIR: LA ALEGRÍA DE PINTAR




Pilar Alberdi

La presente obra reúne una selección de opiniones de Pierre-Auguste Renoir sobre la pintura y sobre su propia obra, publicados de manera dispersa, y unidos en este ensayo.
En principio, tenemos una biografía que nos permite adentrarnos en sus comienzos y, más tarde, en el final de su vida.
Después de que sus padres se trasladaran de Limoges, la capital francesa de la porcelana, a París, Renoir, a los trece años, entra como aprendiz en un taller, precisamente, para pintar cerámicas y porcelanas. Cuando ya había aprendido el oficio, los nuevos tiempos amenazaron el trabajo que desempeñaba y la mecanización obligó a cerrar el taller. La gente, explica el pintor, ya no quiere objetos hechos a mano. La situación, por tanto, le obliga a buscar otro trabajo. Acabará dedicándose a pintar en otros soportes: «Entonces empecé a pintar abanicos. ¡Cuántas veces habré copiado el Embarque para la Isla de Citera de Watteau!» A continuación trabajará en una empresa de persianas, decoradas con imágenes.
Estas primeras circunstancias nos hablan ya de un futuro en que Renoir se verá una y otra vez abocado a la pobreza. Fue también el caso de Monet.
Es uno de los pintores rechazados en el Salón anual de París. Sin quererlo, resulta que su pintura se ha convertido en «impresionista», palabra que horroriza a muchos, y a él no le gusta esa idea de parecer «revolucionario», cuando precisamente, tanto admira lo antiguo. Dice: «lo que sobre todo chocaba a la gente era que no hubiera en nuestros cuadros nada de lo que se acostumbraba a ver en los museos»; pero que no lo hubiera, no quería decir que sus autores no hubiesen pasado horas y horas visitando museos y tratando de aprender de los grandes maestros. El público de los Salones, recibía sus cuadros con carcajadas. No todos eran burgueses, pero como bien señala Renoir, en esa época, todos los franceses lo parecían porque compraban trajes de burgués a 25 o 50 francos y podían darse un paseo por el Salón y luego presumir de lo que habían visto.
Renoir persistirá en el envío de sus obras a los Salones anuales por una razón puramente «comercial», es decir, de sobrevivencia: «hay en París no más de quince aficionados capaces de apreciar a un pintor en el Salón. Y 80.000 que no comprarían nada si el pintor no está en el Salón». Por lo tanto, deduce, hay que estar en el Salón.
El problema de los envíos al Salón era que si por casualidad eran aceptados muchas veces ponían los cuadros (especialmente si eran pequeños) en lugares altos, por lo que no podían ser apreciados por los visitantes. De ahí que, aprendida la lección, a la hora de envíar a los Salones, los artistas tomaban el cuidado de hacerlo en grandes formatos.
¿Quiénes han sido sus modelos? Como en el caso de muchos pintores de su época, algunos conocidos, familiares, amigos, niñeras, criadas, gente del entorno habitual. Y cuando ya comenzó a tener un poco de fama, los modelos de sus retratos eran de la alta burguesía, quienes podían permitirse pagarlos.
Renoir no se engaña sobre lo que es la pintura. En una ocasión le contestó a Degas que le recriminaba que pintase buscando ganar dinero: «son los coleccionistas los que hacen la pintura. La pintura francesa es obra del señor Choquet. Y la pintura italiana es la obra de los Borgia, Médici y otros tiranos a los que Dios dio el gusto por el color». Tampoco se engaña Renoir sobre lo que debe ser un cuadro: «A mí me gustan los cuadros que dan ganas de caminar en ellos, si se trata de un paisaje; o de pasar mi mano sobre un pezón o una espalda, si es una figura de mujer».
Quiere cuadros que estén vivos, que transparenten algo no siempre fácil de definir. Eso, no cualquiera puede conseguirlo. Y en cuanto a admiraciones, prefiere lo antiguo a lo nuevo. Entre los pintores españoles a Velázquez y Ribera; y entre los italianos, muy especialmente a Rafael. Viajó a España y a Italia para ver sus obras. Pero cuando está trabajando, dice, se olvida de todas.
Sin duda sorprenden algunas de sus opiniones, tan directas: no aprecia a Flaubert, ni a Víctor Hugo, ni a esa cantidad de «turistas imbéciles» que se encuentra en su visita a Florencia. No le disgusta Wagner, pero Bethoven, le parece que tiene una postura, a veces, demasiado profesoral.
Le disgusta que le llamen artista. Él se siente «pintor», es lo que siempre ha sido, cuando garabateaba en sus cuadernos del colegio, cuando pintaba porcelanas, abanicos o persianas, cuando imaginaba lo que deseaba ser viendo las grandes obras de los maestros. No duda en señalar la decadencia del arte a partir de la Revolución Francesa, y culpa al mecenazgo de Estado de ayudar a mantener el mal gusto (a través de los Salones), con la colaboración de talleres de pintura en donde se enseña poco y mal, y con periodistas encargados de escribir sobre arte cuando son los mismos que escriben sobre «Sucesos». Además, piensa: ¿qué se puede decir de una pintura «a posteriori»? Cree que no hace falta decir nada.
Cuando el éxito le llega, en 1989, el gobierno le ofrece la Legión de Honor, que él rechaza. Volverá a recibir el mismo ofrecimiento en 1900, y aceptará.
Cincuenta años de pintar no le permiten considerarse un gran pintor y mucho menos un pintor de éxito, situación que soporta mal y que se limita a aceptar cuando tiene ya 80 años. «Soy ambicioso, preferiría no pintar a ser un pintor mediocre». Añade: «Es una pena, pero mi firma vale ahora más que mi mejor obra».
Si buscamos su firma en sus cuadros, la veremos muchas veces a un lado y en la mitad del lienzo.
Toda obra es una biografía. Su rostro enjuto, las mejillas hundidas, su bigote cruzándole los labios, sus amigos, su familia, su dolorosa invalidez en la vejez.
Casi nos atreveríamos a decir que la pintura de un hombre que se ha sabido conformar con lo que la vida le fue dando, por fuerza, tiene que ser sincera y feliz, aunque él entienda que para que sea una verdadera obra de arte, un a pintura debe alcanzar, lo que él define como «indescriptible e inimitable» y a eso debe aspirar todo pintor.



Palabras de la contraportada:

«El arte no es una broma. La gente confunde las cosas. Yo nunca he confundido la broma con el placer. No me gusta aburrirme. Se cree que para pasar por un artista serio hay que aburrir a la gente. De no haber pintado por placer, me habría dedicado a otra cosa. Y, cuando te gusta tu oficio, al final haces siempre la misma cosa: yo pinto flores con el color de los desnudos y pinto mujeres con el mismo color que las flores».


Editorial Casimiro. En venta en librerías a partir del próximo 12 de septiembre.