© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


domingo, 1 de octubre de 2017

JEAN FRANÇOIS LYOTARD: ¿POR QUÉ FILOSOFAR?


Pilar Alberdi


«¿Por qué filosofar?» esta es la pregunta. Encontramos la respuesta de Jean François Lyotard (1924-1998) dispuesta en cuatro lecciones, y todas ellas conducen a una cuestión: «pensar duele».
Vayamos por partes, la primera lección desarrolla la relación entre deseo y filosofía, y encuentra que la filosofía es el deseo desplegándose sobre sí mismo. La segunda, se ocupa del problema del origen de ese deseo que alimenta la labor filosófica; deseo que no existe en la Historia, sino en cada uno de nosotros como personas que intentamos vivir nuestro día a día. La tercera lección se preocupa por la palabra y su relación con la filosofía. La palabra como pensamiento, pero, sobre todo, como acción. La cuarta señala ese pensamiento radical esclarecedor que exige la transformación de la realidad y al que nos vemos abocados.
Lyotard retoma aquí cuestiones y preocupaciones que había expresado en otras obras. Por ejemplo, ese conflicto, por lo menos entre dos partes, siempre constante, que presenta en La diferencia; o el que se plantea en las condiciones del saber sobre las sociedades más desarrolladas en La condición posmoderna, en donde la ciencia entra en conflicto con los relatos y metarrelatos salvadores (utópicos), que ya no parecen tener espacio en el mundo actual, favoreciéndose su transformación en fábulas, debido a que la ciencia pasó a ser fundamento no sólo de sí misma sino de otras áreas del conocimiento y la realidad social. Para metarrelatos salvadores, el siglo XX; imposible quedarnos con los mismos en el siglo XXI.
Lyotard, en diversos textos y entrevistas ha intentado, pues, responder a la siguiente cuestión: «¿Qué es el valor, qué es seguro, qué es el hombre?». Cuestiona: ¿Podrán pensar las máquinas? ¿Estarán dispuestas a sufrir? Porque su definición es que «pensar duele». Pensar obliga a enfrentarse a lo que ha hecho aparición, a lo que exige ser meditado y cuestionado. No es, pues, un tema de repetición y calculabilidad sin sentimientos. Eso es otra cosa.
Todas estas cuestiones y más están presentes en el libro que nos ocupa. En el trasfondo subyace su preocupación de para qué sirve el conocimiento, además de «para ser vendido» y de «ser consumido para ser valorado», como si tuviera que justificarse por su «valor de uso», y no por el tesoro de ese conocimiento en sí.
Después de lo dicho, parece necesario que el filósofo se dedicase a la difícil tarea de preguntarse: «¿Por qué filosofar?» A la que opone en principio la respuesta más obvia, «¿por qué no?» que, a su vez, obliga a hacer nuevas preguntas.
La filosofía es ese duelo por la falta de unidad, idea que recoge de Hegel. Y aunque plantea si filosofar y desear van juntas, hay otros momentos en los que intuye que es la filosofía la que sigue al deseo, para acabar contestándose que no, que van juntas, que se despliega el deseo a través de la filosofía para encontrarse con lo Otro, lo que está más allá y no siempre alcanzamos a desvelar.
Durante el transcurso del ensayo también cita a Heráclito, que conocía bien ese tema de la pérdida de la unidad. Autor griego que también suele ser abundantemente citado por Hegel. Pérdida de unidad que siempre es comienzo de búsqueda de otra cosa. Porque en la discordia y la necesidad en que se desarrolla la vida, lo UNO es a la vez, unión y división. Y frente a esa realidad de lo absolutamente necesario, también está lo contingente, lo que surge por azar de la relación de los hechos, lo mismo ―y estos son ejemplos que toma del poeta Paul Claudel― un bosquecillo que la Torre Eiffel. Este mismo sentido, esa disparidad entre lo verdaderamente necesario y lo contingente, lo podemos encontrar también en ejemplos aportados por Castoriadis.
Ese sentido de la contingencia, de lo que no ha sido todavía, pero puede llegar a ser, lo enlaza con la idea de Dios, presente en los hombres, y con la de la palabra en busca de sentido. ¿Es Dios, la idea de Dios, del Dios cristiano, una especie de código de referencia que está ahí y siempre estará? ¿Hay, como intenta definirlas Claudel, unas «ranuras», por las que se puede percibir o se cuele ese tipo de conocimiento o si se prefiere de sensibilidad?
Dice Lyotard que las palabras solas no bastan, necesitan de sentido, y que es precisamente eso, lo que siempre busca contener la filosofía que siempre parece esconderse un punto más allá como si no se pudiera atrapar jamás. Pero el sentido y la palabra no pueden trabajar separadas, deben hacerlo juntas. Y como la palabra «cambia lo que pronuncia», ese sentido dado también afecta a aquel que va dirigido, y si me apuran, al que pronuncia. El sentido, por tanto, es lo importante; y las palabras su ayuda. Uno, a fin de cuentas, desde su propia individualidad, piensa socialmente. No es extraño, pues, nos dice, que «al mismo tiempo que uno se hace con la palabra, se hace con la persona». Y la palabra puede ser utilizada de muchas maneras y con muchos fines.
A Jean François Lyotard no le ofusca esta batalla de la filosofía en busca del deseo escondido. De aquello que está entre la gente (el deseo de lo que ha de ser, de lo que vendrá, de lo que esperan), sino que considera fundamental para la filosofía y con ello para la vida, rescatar ese sentido. Sin búsqueda no hay encuentro posible, no hay hallazgo, no se cumple esa Unidad, siempre en movimiento, siempre inconstante, desplegándose constantemente en un juego de voluntades infinito.
Pero ¿qué es la realidad? Es una realidad en permanente configuración, a la que unas cuantas estadísticas a modo de foto no pueden retratar. En este punto se percibe nuevamente la influencia de Hegel. Todo lo que hay son momentos y figuraciones. Wittgenstein tomará esto en cuenta tanto en el Tractatus como en Investigaciones filosóficas.
Resulta también relevante la crítica a un «existencialismo» que no aspira, según el autor, a ir más allá. Un vivir por vivir sin mayores expectativas. Ese vacío también llama a pensar. De ahí la cita de Hölderlin de que la filosofía comienza cuando Dios enmudece. Y comienza, permítaseme la ingerencia de esta apreciación, la lucha entre esos hermanos a los que llamamos Prometeo y Epitemeo; el primero, todo lo reflexiona, el segundo actúa sin pensar, tan comunes en la historia de nuestra humanidad.
Otros autores que cita, además de Heráclito, Hegel, Hölderlin o Claudel son Nicolás de Cusa, Alain y Marx.
Podemos, por tanto, resumir brevemente algunos de los importantes temas de fondo que propone en ¿Por qué filosofar? Además de la pregunta sobre por qué filosofar, el señalamiento del deseo que debe ser contenido por el sentido y expresado, si esto es posible, por la palabra. Vivir es también vivir con sentido, y también hace falta ponerlo en pie, saber que es, si se quiere llamar de este modo, una figura que nos invita a completar un ideal. Quizá otros lectores pueden ver otra cosa, en este libro, pero yo me quedo con esa idea de que «pensar duele». Y duele de verdad, porque pensar nos hace dignos de una conciencia a la que intentamos mejorar y de la que nos hacemos responsables. Pensar nos impide hacer lo primero que nos viene a la cabeza, aquello que nos beneficiaría frente a lo que haría más difícil nuestra vida.
Vayamos, pues, por partes: «el deseo» no es carencia. «Ese deseo es una potencia creadora». Es el deseo la que tiene a la filosofía como tiene cualquier otra cosa. El deseo, también es el encuentro con lo Otro; es deseo de lo que ya se tiene aunque no se sepa. Y este deseo a través de la palabra y la reflexión es “logos”.
El «origen de la filosofía», es pues, la pérdida de la unidad. «Hay que filosofar porque se ha perdido la unidad». Cuando se tiene todo resuelto no necesitamos pensar, lo hacemos cuando tenemos dudas. La filosofía nace del luto de esa falta de unidad. Es bueno tener dudas. Gracias al concierto de contrarios se logra el Todo, pero ese Todo no es fijo, se está configurando constantemente, es una especie de duelo permanente por la falta de unidad y ahí la labor de reflexión, del amor a la sabiduría impregnado de sentimientos, de intuiciones; lo que pensábamos ayer, hoy no nos vale. De ahí, esa sensación, añado yo, de no reconocernos en quien antes fuimos; ese deseo también de intuir quién seremos mañana. El tiempo fluye y nosotros en él.
«Logos», dice, Lyotard: «El pensamiento circula en las palabras y las mantiene juntas», pero esto no alcanza para encontrar el sentido, hay que buscarlo, hay que dejarse llevar por él, hay que esperarlo, hay que encontrarlo, lo tenemos que saber ahí. Todo habla: hay que saber escuchar y sobre todo hay que encontrar, percibir, expresar el sentido que dirige a las palabras. Lo que está más allá de las palabras.
«El sentido». «Cuando no encontramos las palabras, no es que sean ellas las que faltan a nuestro pensamiento, es más bien que nuestro pensamiento es el que falta a lo que le hace señales», el sentido. Dice Heráclito: «Oyéndome no a mí sino al logos». Por eso «Hay que oír ese sentido para poder decirlo».
«La palabra». Para Lyotard: «La palabra cambia lo que pronuncia»; lo hace visible, existente, lo desvela, lo pronuncia, pero también lo oculta. Expresa el filósofo que la «palabra viene de un lugar más lejano y profundo que el del hablante». Porta lo consciente y lo inconsciente, lo subjetivo y lo objetivo, trasciende, se revela, se muestra y se entrega; se anticipa. Si la palabra nombra a las cosas es para que adquieran sentido, son, en la medida en que son en oposición a otras. La lengua es una forma y no una sustancia. Es forma, hay que darle forma, creatividad, composicionalidad. La palabra conoce a quien la dice, quien la dice ha sido convocado al discurso, «el discurso filosófico no se pertenece a sí mismo, no se posee, y sabe que no se posee, y espera ardientemente no poseerse».
«Filosofía». Su valor está en que «arrastra más sentido que lo que ella quiere porque hace aflorar a la superficie sin designarlos, significados subterráneos y merece una audiencia similar a la del poeta o a la del soñador». La filosofía es más metáfora que concepto. «La filosofía procede de la irrealidad de la realidad», de aquello que está más allá de lo que busca ser dicho. Pero la filosofía nunca podrá colmar esa carencia de lo real. Si ese deseo se cumpliese, si esa carencia se colmase, no habría filosofía; la filosofía es en esa carencia de ser.
«Pensamiento y acción». Ambos van juntos. Ambos pueden servir a la tarea de la transformación del mundo. Para eso, el pensamiento tiene que ser acción en sí mismo. El pensamiento es el primer paso del resto de las posibles acciones. De ahí, como dice Jean François Lyotard: «Es posible la profunda analogía que hay entre hablar y hacer». Hablar y hacer como indicaba Marx deben buscarse mutuamente.
Pero aquí podríamos hacer un inciso, la de aquel motor inmóvil de Aristóteles, el que nos hace buscar la sombra si sentimos calor, beber si padecemos sed, huir si percibimos peligro. La naturaleza y el cuerpo, las relaciones con lo Otro, con los Otros, nos empujan a un hacer que no sabíamos íbamos a nombrar, a un actuar que no necesariamente pensamos.
En esta opacidad que es la realidad actual debido a la mundialización económica («globalización»), el enriquecimiento de unos pocos frente a muchos, la negación de derechos humanos fundamentales y el desastre ecológico, la filosofía tiene la necesidad de buscar el sentido de aquello que ya está entre la gente, aunque esta ni siquiera tenga conciencia de esos deseos, de cambio, de reforma, etcétera. Y también tiene la obligación de expresarlos.
El filósofo que expresa con convicción estas ideas, sin embargo, ve imposible una revolución proletaria porque «la razón se ha insertado en el capitalismo» y porque de producirse una revolución, siempre habrá una parte de la población que se convierta en casta para la otra. (Esa ha sido la gran lección del siglo XX). Y este problema de la «nueva casta» parece irresoluble. De ahí la gran desilusión de Jean François Lyotard frente a movimientos salvadores.
En suma, lo que nos ha dejado claro el filósofo es que «pensar duele»; lo compartimos.



Referencia editorial:
Jean François Lyotard ¿Por qué filosofar? Barcelona, 1989.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

LA VEJEZ



Texto y foto: Pilar Alberdi

A Ernesto, con cariño.

Me gustan los viejos que tienen la osadía y la gallardía de vivir hasta el final, es decir, sintiéndose «vivos». Y cuando digo «viejos», también estoy diciendo «viejas». Me gustan los que no se rinden, los que sintiéndose aún útiles y activos no quieren jubilarse. Me encantan las viejas que cuidan con esmero las plantas de sus balcones o jardines, y reciben a sus nietas y nietos con los brazos abiertos y los achuchan a besos y preguntas como antes hacían con sus hijos. Adoro a esos viejos, no galanes sino educados, capaces de dejar su asiento del autobús a una mujer embarazada. A mí me ayudan a colocar la cesta del supermercado en su sitio después de hacer la compra y calculo que es simplemente por simpatía con mis cabellos tan blancos como los suyos, no porque me perciban vieja.
Respeto a las personas como mi padre, a la que pregunté un día, en una residencia para ancianos, si para aquel hombre que estaba cerca nuestro y que ya no razonaba bien, tenía sentido, ahora que no podía recordarlo, todo lo que había hecho en su vida. Y mi padre, que era mucho más viejo que yo ahora, me contestó con un «sí» rotundo, entero como un círculo, como una «o», y eso que sólo le era posible afirmarlo con su rostro o sus manos ya que no podía hablar. Aprecio sinceramente a esas viejas como mi madre, con sentido de la belleza, capaz de hablarle a las flores y que decidió a los 70 años que iba a aprender a pintar cuadros al óleo. La admiro en su firmeza, en su sed de vida.
Me gustan esas viejas y viejos que encuentro por el camino costanero y que salen a caminar cada día para venerar la vida, incluida la suya.
Sonrío del «capital» que halaga a los jóvenes haciéndoles creer que son «lo más», cuando luego les recompensa con salarios de miseria. Quien quiera conocer a la verdadera juventud, sólo la encontrará en los viejos, no digo en todos; en muchos, en muchísimos. Por eso me gustan las viejas como yo que ni siquiera creen que valen más que un naranjo.
Parece que hoy era para mí, el día de los «me gusta», pero es algo que hasta nuestros nietos ya han aprendido bien. Cuando nos reunimos y cuando mi esposo o yo, las personas de más edad sentadas a la mesa, decimos: «Vamos a brindar», ellos dicen «¡Por la vida!».
Me gustan, por tanto, también las viejas y viejos escritores como Margaritte Yourcenar que esperó a la vejez, tomando notas toda su vida, para expresar lo que ella creía que podría ser el pensamiento cenital de Adriano; o los viejos como Tolstoi, que siempre portaba en su amplia camisola de «mujik», una libreta para apuntar lo importante, no fuera a suceder que la idea como una hoja de otoño se la llevase el viento.
Ayer, mientras caminaba tomé una foto a las gaviotas en la playa. Había treinta por lo menos. Si uno se acerca, ellas levantan el vuelo, y de verdad, creo que todos sentimos el deseo de acercarnos, aunque sepamos cómo atacan a las palomas. Pero seguí mi camino, viendo cómo la arena reflejaba las ondas paralelas que había dejado de madrugada la máquina que limpia la playa cada día. Y fue entonces, cuando por el camino pedregoso, unos pasos por delante de mí, entre flores de noche, lirios de mar y algunos cactus, cuando vi una pluma de gaviota que habría traído hasta allí el viento, no encuentro otra explicación, tan bonita, tan como de escritores de otra época, fina, gris con la punta negra, y sentí ante la sorpresa de ese pequeño tesoro lo mismo que los admiradores ojos siempre atentos de mi niñez sentían en una lejana playa, frente al Atlántico Sur, cuando la espuma del mar, a causa del viento, tan veloz en aquellas latitudes, se desgajaba de las olas y a veces corría rodando por la playa, sobre las abandonadas huellas de las gaviotas que, en ese momento, estaban en el cielo y chillaban.

miércoles, 30 de agosto de 2017

RELEVANCIA CRÍTICA DE LA SEGUNDA INTEMPESTIVA DE NIETZSCHE


El joven Nietzsche

Extractos del artículo:

"Nietzsche tiene el convencimiento de que no son los hombres los que pertenecen a la Historia, sino ella a estos. (Postura opuesta a la de Hegel). Para delimitar mejor este pensamiento dirá que la Historia sirve a un «poder no histórico» convencional, en el sentido de que se trata de generaciones y generaciones de personas que se suceden en el tiempo.
De este modo, y, según su criterio, la Historia está al servicio del ser vivo en la medida en que «es un ser activo y persigue un objetivo; preserva y venera lo que ha hecho, sufre y tiene necesidad de una liberación». En su reflexión afirma que, a estos tres aspectos, les corresponden tres especies de Historia: la monumental, la anticuaria y la crítica, defendidas tanto por distinta clase de instituciones como de individuos".



"En el fondo de la cuestión sobre el valor o el no-valor de la Historia del que trata la Segunda consideración intempestiva, Nietzsche, aspira a quitar la máscara de racionalidad con la que se cubre su época, que es ya también la nuestra, y las maneras que tiene de hacerlo o los diferentes modos en que intenta mantener su máscara.
Nietzsche, es lo que interpreto, no podría dar por válida la frase de Hegel: «El hombre es una doble conciencia, es natural y además se instruye», porque Nietzsche acaba de mostrarnos en esta Intempestiva que la conciencia es social, que está en grado sumo determinada por las instituciones y que lo que hace falta es un desvelamiento, capaz de desgarrar la aparente racionalidad, para hallar la irracionalidad subyacente y las creencias que la sustentan. En estas condiciones de ocultamiento prevalece lo mediocre frente a lo excelente, lo general frente a lo individual.
Para esclarecer qué ocurre, hace una comparación entre el hombre romano y el hombre del siglo XIX. Aquel se convirtió en un no-romano por fuerza de la convivencia con otras culturas y otras gentes. Algo similar le ocurrió al griego, pero mientras que aquel se sobrepuso, esto, la pérdida de su centro, acabaría con Roma. Nietzsche no incide en si ese contacto lo enriqueció culturalmente, sino en que se perdió a sí mismo, ante ese texto abierto y plural de la vida que pasaba página a página ante sus ojos, de ser fuerte se volvió débil, de tener un único pensamiento, descubrió otros. ¿Qué le sucede al hombre moderno? Lo mismo. Con la vista puesta en lo científico, «sus maestros en el arte de la Historia le presentan permanentemente el festival de una exposición universal». Ni siquiera las agitaciones públicas, las revoluciones o las guerras pueden alterar esta visión, pues rápidamente son narradas, editadas, impresas y pasan a los libros de Historia. La Historia es; cualquier cosa que pueda suceder, se convierte inmediatamente en Historia.
Frente a ese altar, nadie se muestra como es realmente. Todos se presentan bajo la máscara de lo que dicen ser: «un hombre culto, científico, poeta, político». Es lo «convencional» lo que domina e impregna la convivencia, de tal modo que hasta la comunicación se deteriora. Respuesta que aprendió Nietzsche de Wagner, sobre por qué la música había llegado a su punto máximo en la Modernidad, como nexo de unión de lo que ya era imposible reunir con las palabras. Decir «yo, un ser humano», no tiene valor sin la máscara de la convención. Así desaparecen las «personalidades» , aunque más que nunca se hable de ellas, y aparece el hombre común, el igual y semejante a todos.
Lo que se cuestiona y parece que esto lo afirmó Schiller es la capacidad en esa época y nosotros añadiremos en la nuestra, de negar lo obvio, aquello que un niño puede ver claramente. Pero negar lo obvio es pensar como la mayoría y esto tiene su premio, el de la apariencia convertida en «comodidad general», en norma, en anonimato, aspectos de los que Nietzsche, reniega".


"En tiempo de máscaras, todo son máscaras. Así, aproximadamente, lo ve Nietzsche. Y en estas condiciones, los filósofos no escapan a esa condición, por una razón sencilla, han sido llamados (aceptados) en las instituciones para defender unas ideas que transmitirán básicamente a sus alumnos, sus discípulos y a la sociedad. Si escapan a esa pretensión, pueden sufrir las consecuencias. Por ejemplo, Fitche acusado de ateo y destituido de su cátedra en Jena. Lugar que ocupó Hegel y a quien se considera representante de la Restauración.
La filosofía también es ideología. Como dirá Lyotard, la filosofía es parte del acontecer que ella misma ha ayudado a crear y en cuyo centro vive como ideología. Un siglo antes Nietzsche clamaba: «¡En que situaciones falsas, artificiales, tiene que caer la más veraz de todas las ciencias, la sincera y desnuda diosa filosofía en una época que sufre de cultura general!» (…) «Todo el moderno filosofar es político y policíaco bajo la rienda de los gobiernos, las iglesias, las academias, las costumbres, y reducido por la flojedad humana, a un barniz erudito».

Puedes leer el artículo completo en La caverna de Platón siguiendo este enlace.


martes, 22 de agosto de 2017

LA EXPERIENCIA DE LA MANADA



Texto y fotos: Pilar Alberdi

Es un atardecer del mes de agosto. Camino con mi hijo y su cachorro, un cruce de mastín, por el cauce de uno de los arroyos del pueblo. Es un lecho ancho, lo suficientemente abierto y profundo como para evitarnos el sol directo de las últimas horas.
Arrastramos el cansancio del día y, sin embargo, nos reconforta la idea de esta larga caminata por uno de los típicos cauces secos de la zona, una verdadera rambla, a los que pocas veces al año vemos un poco cubierta de agua. Las piedras, oscuras y pequeñas se adaptan al paso, y se agradece ese suelo duro pero mullido. Es verdad que hay cantos rodados más grandes. De algunos de ellos, los niños de nuestra familia dicen que parecen huevos de dinosaurios. Y algo de razón llevan.
Hay los típicos arbustos de clima mediterráneo y algunos árboles altos y majestuosos, por ejemplo, un eucalipto que me recuerda otros muchos que he visto y disfrutado por Galicia o Sudamérica. Y cigarras, potentes, como aquellas que oí por primera vez en Caracas, o como las que llegan ahora a casa hacia el mes de junio.
El cauce del río, lo contienen grandes bloques de piedras como ajuste a una posible riada, las de otoño o primavera que, a veces, pueden bajar de manera inesperada.
De la alambrada de alguna casa de campo, cuelgan radiantes racimos de uva moscatel. Estamos a un paso de la conocida como «Ruta de la pasa», en la Axarquía malagueña. Más allá hay un campo de golf, refugio de residentes extranjeros, y sobre este y el cauce del río, la autovía, que cruzamos entre los pilotes de cemento de un alto puente.
He venido con mi hijo y el cachorro que ha adoptado su familia, para vivir la experiencia de la manada. El contacto de este cachorro con otras personas y perros que bajan al río. Elmo, este es su nombre, tiene unos dientes tan blancos como estrellas y filosos como cuchillos que ahora comienza a renovar. Para él no hay Ratoncito Pérez, sólo el asombro y las fiestas de su familia cuando descubren que se le ha caído alguno. Le interesa todo lo que encuentra a su paso: el piar de los pájaros, una langosta, una corredora o un ciclista que pasan a nuestro lado rápidamente, pero también las plastas que dejan algunos caballos, burros y ovejas.
En esta larga caminata de varios kilómetros, numerosas personas y sus perros se cruzan a diario. Los grupos se reconocen, se esperan; descubren si ha llegado alguien nuevo. Todas las personas saben los nombres de los perros de los demás, sus pequeñas biografías. Mientras tanto, las perras y perros de mayor edad respetan el juego impetuoso de los cachorros.
Tomo algunas fotografías con la cámara del teléfono móvil. Intento fijar el momento. Es como procurar hacerles fotos a los niños pequeños. Difícil. Se mueven todo el tiempo. Pero ahí estoy yo, agachada, casi a su altura, intentando reflejar el mundo como ellos lo perciben: cada encuentro y separación.
Me queda la impresión al ver estos grupos de perros, entre los que distingo razas definidas (Pastor alemán, Mastín, Golden Retriever, Rottweiler, Labrador, Doberman, Bóxer, Chow Chow, Yorshire terrier, Cavalier King, Bobtail, Pointer, Cocker spaniel inglés, Podenco), y otros que son mezclas, la mayoría de ellos caminando y retozando libremente, que los prejuicios siempre son los nuestros. ¡Qué bien se entienden!
Observo que sus compañeros humanos son personas tranquilas y seguras de sí mismas. Se conocen, esencialmente, por esta vivencia, la de verse aquí todos los días. Evidentemente, confían en sus animales, tanto como estos en ellos. Y eso, se percibe claramente.
Es de noche cuando salimos del cauce del río. En las calles hace rato que está encendido el alumbrado, es el momento en el que el cachorro duda entre quedarse tumbado o seguir adelante. Instante en que mi hijo le dice: ¡Eres un «asustón»!, palabra sin hueco en el diccionario pero que a esa hora de la noche lo retrata idealmente.
Subimos al coche para regresar a casa; todavía vemos gente que vuelve de la playa a sus hogares portando sombrillas, sillas y flotadores, y los restaurantes comienzan a animarse.
Después de esta experiencia, siento como que vuelvo al mundo que me parece otro. Allí abajo, en el río, era posible sentir la naturaleza hondamente, el agenciamiento que nos permitía esa unión con los animales nos posibilitaba husmear, lamer, correr con ellos, distraernos, asombrarnos de la vida, volver en suma a algo, muy nuestro, muy primitivo, pero como olvidado, y que muchas veces creemos perdido.

sábado, 19 de agosto de 2017

LA NIÑEZ


Foto y texto: Pilar Alberdi

Vivíamos entre sentimientos.
En las tardes de verano, en aquel garaje que nos parecía inmenso, jugábamos a la gallinita ciega. Había allí una bolsa de pan duro: ¡niños salvajes, con qué gusto lo devorábamos!
Aquella era vida, la de la niñez; estaba toda entera.
El tiempo de la niñez era otro tiempo, se perdió.
Éramos tan niños de la calle que las familias nos veían regresar rendidos al atardecer.
Curioso: se pasan los niños mirándose los dedos para aprender a contar.
La calle parecía vencida ante nuestros patines y bicicletas; las aceras las bordábamos con rayuelas dibujadas con tiza.
Más tarde, nos subimos al tren de las palabras y nos encontramos por el camino con un burro de nombre Platero.
Los niños no saben nada del azar; por eso, tampoco saben nada de la vida.
El dios de nuestros padres nos consoló de los primeros golpes. Caímos muchas veces; nos levantamos otras tantas.
En verano, el asfalto de las calles se derretía junto a las aceras. Entonces, nosotros aprovechábamos para hacer canicas de alquitrán con un palito. Pequeños rebaños de ovejas negras que rodarían a nuestro gusto para caer en un agujero.
Balada triste de los niños que fuimos: «Aserrín, aserrán; piden pan, no les dan».
Donde los adultos veían solo niños, justo un paso más allá estábamos nosotros.
Nos contaron que anudarse bien las zapatillas nos haría mayores. Les creímos.
¡Sentir, admirar, emocionarse! Habitábamos tierra de filósofos, pero éramos niños y no lo sabíamos.
Nuestros sueños, los alimentábamos siempre con más sueños.
Jugábamos al escondite para despistar un momento al presente.
Nadie como nosotros para creer en la majestuosidad de los barcos y los aviones de papel.
Como si fuéramos niños ricos, alguna vez, hasta donamos nuestros juguetes a niños que nos dijeron eran más pobres que nosotros.
Día a día ganábamos nuestra dignidad rebelándonos contra las injusticias: las regañinas, la primera bofetada, la piedra que arrojamos o nos arrojaron.
Nuestro lema fue: «¡Por un chocolate, un mundo!».
La niñez es un recuerdo que se hace mayor.

sábado, 5 de agosto de 2017

MARCO FABIO QUINTILIANO: INSTITUCIONES ORATORIAS


Pilar Alberdi

Escribir hoy en día un título como este es, en parte, condenar al artículo a no ser leído. Sin embargo, me arriesgo; anticipando que tomaré en cuenta lo que dice Quintiliano sobre la educación de los niños en Roma, recomendaciones que bien valen para nuestro tiempo.
Quintiliano era un reconocido orador, lo que hoy llamaríamos un abogado, uno de los pasos previos para destacar y acceder a cargos políticos. Así ascendió, por méritos propios, Cicerón. Y en la política perdió su vida. Sus asesinos dejaron expuestas sus manos y su cabeza en el Senado.
La época preparaba a los niños para ser oradores a través de la retórica, que incluía, la dialéctica, la elocución, conocimientos de gramática y algo de matemática. Hablar bien, mover a las pasiones, gesticular adecuadamente, convencer.
El autor dedica la obra a Marcelo Victorio y pone en ella la teoría aprendida y su propia práctica. Un verdadero regalo para sus contemporáneos y, sin duda, para la posteridad. Así nos explicará cómo ganarse al auditorio, cómo interesar el juez. Sabía mucho de psicología.
Pero es, como anticipé previamente, de sus opiniones sobre la educación de los niños sobre lo que comentaré. En ese momento, los niños accedían a la escuela pública a partir de los siete años, pero también podían ser formados por profesores particulares (muchos romanos, los más pudientes, contrataban para la labor a filósofos griegos y en esos casos las clases se daban en la casa, en la que generalmente también vivía el o los preceptores).
Quintiliano intenta contestar a la pregunta de qué es mejor: ¿estudiar en la casa con un preceptor o en la escuela? Intentaré sintetizar. Lo primero se educa a los niños para ser futuros oradores (lo que les permitirá desenvolverse tanto en la vida pública como en los negocios, el ejército y otras tareas), lo que implica como requisito previo que adquieran buenas costumbres en sus hogares. Le parece bien que accedan a la escuela pública porque así pueden estar con sus pares.
Se inclina a que los niños comiencen a aprender la lengua griega, ya que la latina la conocerán en el trato diario. Pero para esto quiere que los padres tengan la mayor erudición posible, las ayas conozcan bien la lengua latina y sepan corregir cuando una palabra está mal pronunciada y los ayos no sean necios. Pone ejemplos: los Graco, aprendieron de su madre, una gran lectora de la que también habla Cicerón; y de la hija de Lelio se decía, que habilísima como era imitaba a su padre en la oratoria.
Imitación. Ahí ha aparecido la palabra mágica. «Porque naturalmente conservamos lo que aprendimos en los primeros años, como las vasijas nuevas el primer olor del licor que recibieron, y a la manera que no se puede desteñir el primer color de las lanas».
Está en desacuerdo que a los niños se les enseñe primero el nombre de las letras (el abecedario) y más tarde se les muestre sus formas. Prefiere la instrucción que a modo de juego, al mismo tiempo que nombra las letras enseña las figuras construidas en marfil o madera, de las cuales hallarán gusto, dice, en «manejarlas, mirarlas, señalarlas».
Para las primeras prácticas mejor que pasen el estilete por tablas de madera donde estén marcados los surcos o trazos correspondientes a cada letra; después, más tarde, podrán practicar en tablas cubiertas de cera.
Jamás castigarles, aunque reconoce que en algunos hogares los niños de dos años piden ropas de púrpura antes de saber leer, y es lo propio por cómo han sido consentidos, no porque sea lo correcto. Promueve que se les permita y se les incentive a leer aquello que «fomente el ingenio y aumente las ideas». Aprender a leer tiene sus dificultades, por un lado, hay que ir pronunciando las palabras al mismo tiempo que con la mirada se intenta retener las que siguen. Pide paciencia para conseguir lo que es propio del lenguaje: «corrección, claridad y elegancia». ¿A qué niño le hablaríamos hoy de elegancia en el escribir, cuando ni siquiera se lee en voz alta en clase, cuando tampoco se hace caligrafía, aunque cualquier estudio reciente indica que escribir a mano sirve para retener lo que se ha de estudiar?
Y, ¿por qué lecturas comenzar? Él señala las Fábulas de Esopo, porque es fácil. Una lectura amena y, además, moral. De ese modo aprenderán algo más que palabras.
Deben ser también dueños de otras lecturas porque, no basta con ser buena persona y buen orador, hay que saber «de cuánto sirve la economía en el discurso; la correspondencia de unas cosas con otras; lo que conviene a cada persona; qué se le ha de alabar en los pensamientos, y qué en las palabras; dónde cabe bien la afluencia, y dónde la concisión» y sobre todo se les debe incitar a ser sabios. Y pone como ejemplo a las abejas capaces de hacer la miel «de diversas flores y jugos, que no alcanzan todos los entendimientos humanos». «¿Y nos maravillaremos nosotros de que la oración (se refiere en esencia al discurso), obra la más grande de la naturaleza, necesite del conocimiento de muchas artes que, aunque no se descubren en ella ni manifiestan su fuerza, influyen secretamente y no deja de traslucirse su influencia?».
Por eso pide que también se enseñe frases ejemplares, que aprendidas de memoria queden para el recuerdo.
Evidentemente, él no cree que haya niños incapaces de aprender, se rebela cuando le hacen ese tipo de comentarios y salvo excepciones por problemas físicos, señala al entorno.
Miro al presente y me pregunto de qué modo educamos a los niños, con qué conciencia, en qué manos, es decir con qué cuidadores les dejamos, qué esperamos de ellos cuando sean grandes. Añadiría: ¿ante qué programa de la televisión, con qué juego en el ordenador o la tablet antes de aprender a leer, antes de saber cómo es el mundo?
De aquellos niños romanos se esperaba fueran buenos oradores, honestidad y lealtad al Imperio, pero también que fueran sabios. ¡Qué enormes parecen estas palabras hoy! Un niño desconoce ese sentido implícito.
La última vez que nos visitaron nuestros nietos de Madrid, el mayor de ellos, me preguntó por qué tenía frases escritas en papelitos debajo del cristal del escritorio; antes, también tenía la costumbre de dejar fotografías. Le contesté que las dejaba porque me habían deleitado, resultaban un buen ejemplo, algo para tener en cuenta, para recordar. Pero después de esa experiencia, la de los nietos observando y aprendiendo de sus abuelos, ahora dejo las frases para ellos, porque sé que las leen. Como ya es tiempo de vacaciones y están a punto de llegar a Málaga, en esta ocasión dejaré la siguiente frase: «El lenguaje es nuestra caparazón y nuestras antenas; nos protege de los demás y nos dice qué son; es una prolongación de nuestros sentidos» (Jean Paul Sartre). Yo creo que ellos, a los que les encantan los insectos, las mariposas, las lombrices, y que están más cerca de la tierra que nosotros, les encantará y sabrán disfrutarla.
Después, mientras los columpiamos y ellos nos cantan alguna canción, aprovecharé para hablarles de los niños romanos, aquellos que conoció Quintiliano, y les contaré de sus juegos, prácticamente los mismos a los que ellos juegan hoy: canicas, tres en raya, escondite, columpios, balancín, muñecas.
El tiempo no pasa, ¿o sí?
Por cierto, Quintiliano nació en Calagurris Nassica Iulia, actual Calahorra, La Rioja, España, y su obra más conocida es De institutione oratoria.


viernes, 9 de junio de 2017

¿A QUÉ LLAMAMOS LIBERTAD?



Pilar Alberdi

Voy a contarles una historia. Es pequeña pero inquietante.
Leía yo un libro de John Searle: La mente. Lo cierto es que el buen hombre planteaba ahí algunas de mis preocupaciones más recientes. No la de por qué somos libres, sino la de por qué nos lo creemos.
Él hablaba de «determinismo» o «indeterminismo». No es un tema baladí. En la Edad Media la pugna se diluía en conceptos como «servo arbitrio» y «libre arbitrio». (Puedes continuar leyendo este artículo en el siguiente enlace directo a la revista Nueva Revolución).

jueves, 8 de junio de 2017

«CUERPOS DÓCILES»



Pilar Alberdi

Si hay libros por los que el tiempo no pasa, Comprender los medios de comunicación de Marshall McLuhan, es uno de ellos. No sólo no ha pasado su enorme actualidad, sino que anticipó la realidad que hay vivimos, pero claro, bien podríamos decir lo mismo de otros libros como la distopía de Un mundo feliz de Aldous Huxley o 1984 de George Orwell.
Se ha hablado mucho del término «aldea global», pero casi nadie sabe que el primero que la utilizó fue McLuhan, y lo más importante, que previno sobre sus peligros. Nada que ver, desde luego, con lo que nos han contado.
McLuhan explica cómo tras unos tres mil años de explosión, entiéndase como «ampliación», «mediante tecnologías mecánicas y fragmentarias, el mundo actual ha entrado en implosión», es decir, se vuelve sobre sí mismo. Y si antes fue diverso, ahora resulta cada vez más uniforme.
Tanto Huxley como McLuhan veían claro lo que ocurría ya en los años 30 del siglo XX, mientras que nosotros, ¿qué vemos en pleno siglo XXI? Bien poco.
Pero, insistamos en lo que nos ocupa. Cuando Occidente se mira el ombligo, y se siente tan importante, hay que recordarle: ¿Qué Revolución Industrial habría sido posible sin la curiosidad de los primeros humanos, sin la matemática asiria, la griega, la egipcia; sin aquellas máquinas simples como la palanca, el plano inclinado, la rueda; los molinos hidráulicos y los de viento; el collarín para los caballos de tiro, el arado de hierro transversal, las herraduras, el estribo; los autómatas de vapor, griegos; la imprenta o estampación fija oriental que luego dio lugar a la imprenta de tipos móviles?
Jacques Derrida, el filósofo francés, decía que nunca acabaremos de «deconstruir» el etnocentrismo europeo, es decir, de desfijarlo, de moverlo del centro en que se ha consolidado.(Puedes continuar leyendo este artículo en el siguiente enlace a la Revista Liverdades).

viernes, 26 de mayo de 2017

LA PENA DE MUERTE EN LA LITERATURA


Pilar Alberdi

Las letras son puentes, a veces alegres y otras tristes. Pero, aunque sean tristes, aunque hablen de lo la parte oscura de la humanidad, hay que seguirlas, hay que ahondar en ellas, sufrirlas, hasta sentir que el pensamiento duele.
Hay tres obras —entre otras— que hablan de esos momentos en que en nombre de la autoridad se ha de matar a un hombre. (Puedes continuar leyendo este artículo en Letras en la frontera (USA) en el siguiente enlace.